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viernes, 6 de noviembre de 2009

el poder



Una vez que el guerrero ha conseguido vence a sus dos primeros enemigos, el miedo y la claridad, ha alcanzado el poder. Pero este poder se convierte de inmediato en el tercer y más temido enemigo, contra el que tendrá también que luchar y vencer si quiere continuar en el camino del conocimiento.

Como ya ha vencido al miedo y posee la claridad, el poder es apenas perceptible, por lo que es frecuente que no sea consciente de que este tercer enemigo se cierne sobre él. En este caso, tiene la batalla perdida de antemano, puesto que el poder lo habrá transformado en un ser cruel y caprichoso.

Dice don Juan que “un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo un carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de si mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su poder”.

Pero una de las características de un verdadero guerrero es que nunca se da por vencido, así que sigue luchando para volverse una persona de conocimiento y mientras lucha sigue en el camino, tan sólo está vencido cuando ya no hace la lucha y se abandona. Si se rinde a alguno de sus enemigos nunca los conquistará, porque se asustará de aprender y no volverá a hacer la prueba. Pero si trata de aprender durante años, en medio de sus enemigos, terminará conquistándolos porque nunca se habrá abandonado a ellos en realidad.

Afirma don Juan que para vencer al poder “tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse cuenta de que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento, y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo”.

Conquista a los demás y tendrás poder, conquístate a ti mismo y estarás en el camino.


black eagle, el aprendiz de brujo

jueves, 5 de noviembre de 2009

la claridad




Don Juan sigue hablando a Castaneda sobre los enemigos del guerrero. Dice que una vez que se ha conquistado el miedo, se está libre de él por el resto de la vida, porque a cambio del miedo se ha adquirido la claridad: una claridad de mente que borra el miedo. Para entonces, uno ya conoce sus deseos; sabe cómo satisfacer esos deseos. Puede prever los nuevos pasos del aprendizaje, y una claridad nítida lo rodea todo. El aprendiz siente que nada está oculto.

Y así ha encontrado a su segundo enemigo: ¡la claridad! Esa claridad de mente, tan difícil de obtener, dispersa el miedo, pero también ciega. Le fuerza a no dudar nunca de sí. Le da la seguridad de que puede hacer cuanto se le antoje, porque todo lo que ve lo ve con claridad. Y tiene valor porque tiene claridad, y no se detiene en nada porque tiene claridad. Pero todo eso es un error; es como si viera algo claro pero incompleto. Si el aprendiz se rinde a esa ilusión de poder, ha sucumbido a su segundo enemigo y será torpe para aprender. Se apurará cuando debía ser paciente, o será paciente cuando debería apurarse. Y tonteará con el aprendizaje, hasta que termine incapaz de aprender nada más.

Si esto ocurre, su segundo enemigo ha parado en seco sus intentos de hacerse guerrero de conocimiento; en vez de eso, puede volverse un impetuoso, o un payaso. Pero la claridad que tan caro ha pagado no volverá a transformarse en oscuridad y miedo. Será claro mientras viva, pero ya no aprenderá ni ansiará nada.

Para evitar la derrota debe hacer lo que hizo con el miedo: debe desafiar su claridad y usarla sólo para ver, y esperar con paciencia y medir con tiento antes de dar otros pasos; debe pensar, sobre todo, que su claridad es casi un error. Y vendrá un momento en que comprenda que su claridad era sólo un punto delante de sus ojos. Y así habrá vencido a su segundo enemigo, y llegará a una posición donde nada puede ya dañarlo. Esto no será un error ni tampoco una ilusión. No será solamente un punto delante de sus ojos. Ése será el verdadero poder.

Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder!



black eagle, el aprendiz de brujo

miércoles, 4 de noviembre de 2009

el miedo




Es el primer enemigo con el que tiene que enfrentarse una persona que quiera convertirse en guerrero del conocimiento.

El miedo podemos definirlo como una perturbación del estado de ánimo, en el que se pierde la confianza en los propios recursos para afrontar situaciones concretas, que son percibidas como peligrosas para el sujeto. El miedo tiene una particularidad en el ser humano, que puede ser real o imaginario, presente o proyectado en el futuro, pero siempre ocasiona una disminución del sentido de seguridad.

Todos hemos sentido miedo alguna vez y podemos considerarlo como una emoción normal, ya que gracias a él nos preparamos para enfrentarnos a una amenaza. Como animales que somos, ante la inminencia de una agresión el organismo reacciona y produce un mecanismo de defensa: el miedo, que desencadena unas determinadas reacciones físico químicas para ponernos en situación de defendernos. Observar cómo se le eriza el pelo del lomo a un perro cuando siente el peligro, o cómo un gato se hincha para parecer más grande, estas reacciones las produce el miedo. Si no lo sintiésemos, probablemente hace tiempo que habrían dejado de existir, por lo que podemos afirmar que el miedo razonable y encaminado a subsistir es necesario.

Pero así como el animal, una vez pasado el peligro, se olvida de todo y prosigue con su vida normal, el ser humano tiene la facultad de recordar y anticipar las situaciones por lo tanto es capaz de seguir sintiendo temor por algo que ya sucedió y que probablemente no se va a volver a producir, así tenemos que el miedo lo provoca un objeto imaginario, irracional y desproporcionado que altera la conducta de quien lo sufre y es incapaz de sobreponerse a él, a pesar de reconocer que es absurdo.

El miedo es aprendido. Los niños lo aprenden de los adultos y cada cultura tiene sus propios generadores de miedo. También se aprende con la experiencia, si uno ha sufrido una experiencia traumatizante, estará temeroso de que vuelva a pasar y desencadenará en la persona una serie de síntomas tanto psicológicos como neurovegetativos, como sudoración, taquicardia, temblor, necesidad de orinar, diarreas, pilo erección, que acompañan a la ansiedad y a la angustia y que pueden ser más desagradables que la propia emoción. Por último se puede dar el caso del miedo a tener miedo, que es como una ansiedad que prevé el sufrimiento que puede aparecer.

Existen varias maneras de reducir el miedo, como evitar el contacto con el objeto fóbico, utilizar fármacos, extinción experimental, psicoterapia o relajación, pero el estudio de estos métodos no es el propósito de este artículo. Aquí vamos a tratar el miedo desde el punto de vista del guerrero del conocimiento. Ya sabemos que el miedo existe y cómo se produce, pero ¿qué tiene que hacer el aprendiz a guerrero para tratar de vencerlo? Este miedo se produce cuando el aprendiz se enfrenta por primera vez con el conocimiento que supone vislumbrar que no sólo existe la realidad en la que vive, sino que hay otras muchas a las que se puede penetrar por medio de ese conocimiento.

Cuando empieza a aprender no sabe lo que va a encontrar. Va poco a poco al comienzo, luego más y más. Y sus pensamientos se dan topetazos y se hunden en la nada. Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así comienza a tener miedo.

Castaneda dice que los seres humanos corrientes somos importantes porque tenemos miedo y cuanto más miedo tenemos, más importante nos creemos y más Ego tenemos. Sin embargo, y afortunadamente para los guerreros, la importancia personal tiene un punto débil, y es que depende del reconocimiento para subsistir. Si no le damos importancia a la importancia, ésta se acaba. Sabiendo esto, un aprendiz renueva sus relaciones. Aprende a huir de quienes le consienten y frecuenta a aquellos a los que nada humano les importa. Busca la crítica, no la adulación. Cada cierto tiempo comienza una vida nueva, borra su historia, cambia de nombre, explora nuevas personalidades, anula la sofocante persistencia de su ego y se lleva a sí mismo a situaciones límite, en las cuales lo auténtico se ve forzado a asumir el mando.

Al no tenernos lástima, podemos enfrentar con elegancia el impacto de nuestra extinción personal. La muerte es la fuerza que da al guerrero valor y moderación. Sólo mirando a través de sus ojos nos volvemos conscientes de que no somos importantes. Entonces ella viene a morar a nuestro lado y comienza a transmitirnos sus secretos.

El guerrero convierte su miedo animal a la extinción en una oportunidad de gozo, pues sabe que todo lo que tiene es este momento. Piensen como guerreros, ¡todos vamos a morir!.

Un guerrero es alguien que pasa su vida perfeccionándose a través de ardua disciplina. Cuando llega su hora, enfrenta a su muerte como una nueva etapa en el sendero. A diferencia del hombre común, él no intenta paliar su miedo con falsas esperanzas. El guerrero parte a su viaje definitivo pleno de gozo, y su muerte lo saluda y le permite conservar su individualidad como trofeo. Va al saber como a la guerra: bien despierto, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir en cualquier otra forma es un error y quien lo cometa vivirá para lamentar sus pasos.

No debe correr. Debe desafiar a su miedo, y pese a él debe dar el siguiente paso en su aprendizaje. No debe detenerse. Y llega el momento en que el miedo se retira y no vuelve más.


black eagle, el aprendiz de brujo



lunes, 19 de octubre de 2009

la importancia personal




La importancia personal es el núcleo de todo lo que tiene valor en nosotros, siendo al mismo tiempo, el núcleo de toda nuestra podredumbre. Es el modo en que cada uno construye y maneja la realidad tratando de autoafirmarse y convencerse de que es real, cuando en realidad es una ilusión. La importancia personal es nuestro mayor enemigo, por culpa de ella consumimos gran parte de nuestras vidas sintiendo dolor por las ofensas de los demás. Es un terrible estorbo, por su culpa nos hacemos vulnerables. Se aparece disfrazada de autocompasión, indignación moral o tristeza virtuosa. Mientras nos sintamos lo más importante del mundo, no podremos apreciar en verdad el mundo que nos rodea. El mundo que nos rodea es un misterio y las personas no son mejores que ninguna otra cosa.


Don Juan aconsejaba que durante la formación como guerreros, había que abstenerse de emplear lo que él llamaba 'herramientas para la perpetuación del yo'. Incluía en esa categoría objetos tales como los espejos, la exhibición de títulos académicos y los álbumes de fotos con historia personal. A medida que crecemos, nos vamos involucrando de tal modo en la defensa del yo, que llega un momento en que ya no recordamos el día en que dejamos de ser auténticos y comenzamos a actuar. Para cuando un aprendiz entra al mundo de los brujos, su personalidad básica está tan formada que ya nada puede hacer por anularla y sólo le queda reírse de todo eso.


Pero, a pesar de que no es nuestra condición congénita, los brujos pueden detectar el tipo de importancia que nos concedemos a través de su ver, porque el amoldar nuestro carácter durante años produce deformaciones permanentes en el campo energético que nos rodea.

La auto importancia se alimenta de la misma clase de energía que nos permite ensoñar. Por lo tanto, perderla es la condición básica del nagualismo, pues libera para nuestro uso un excedente de energía; además, porque sin esa precaución, el sendero del guerrero podría convertirnos en unos aberrados. Eso es lo que le ha pasado a muchos aprendices: comenzaron bien, ahorrando su energía y desarrollando sus potencialidades. Pero no se dieron cuenta de que, a medida que accedían al poder, también nutrían en su interior un parásito. Si vamos a ceder a las presiones del ego, es preferible que lo hagamos como hombres comunes y corrientes, porque un brujo que se considera importante es lo más triste que hay. La importancia personal es traicionera; puede enmascararse bajo una fachada de humildad casi impecable, pues no tiene prisas. Después de toda una vida de prácticas, le basta con un mínimo descuido, un pequeño traspié y ahí está, de nuevo, como un virus que fue incubado en silencio, o como esas ranas que esperan durante años bajo la arena del desierto, y con las primeras gotas de lluvia despiertan de su letargo y se reproducen. El guerrero debe aprender a ser humilde por el camino más arduo o no tendrá la menor oportunidad frente a los dardos de lo desconocido.


La importancia personal se puede combatir de diversas maneras, pero primero hay que saber que está ahí. Si tienes un defecto y lo reconoces, ¡ya es la mitad!. Así que, ante todo, dense cuenta. Tomen una cartulina y escriban sobre ella: 'La importancia personal mata', y cuélguenla en el lugar más visible de la casa. Lean esa frase cada día, traten de recordarla en sus trabajos, mediten sobre ella. Quizá llegue el momento en que su significado penetre en su interior y se decidan a hacer algo. El darse cuenta es de por sí una gran ayuda, porque la lucha contra el yo genera su propio ímpetu. Ordinariamente, la importancia personal se alimenta de nuestros sentimientos, que pueden ir desde el deseo de caer bien y ser aceptados por los demás, hasta la petulancia y el sarcasmo. Pero su área favorita de acción es la lástima por uno mismo y por quienes nos rodean. De manera que, para acecharla, ante todo tenemos que descomponer nuestros sentimientos en sus mínimas partículas, detectando las fuentes de las cuales se nutren. Los sentimientos rara vez se presentan en forma pura. Se enmascaran. Para cazarlos como conejos, tenemos que proceder finamente, con estrategias, porque son rápidos y no se puede razonar con ellos. Comenzamos por las cosas más evidentes, como: ¿qué tan en serio me tomo? ¿Cuán apegado estoy? ¿A qué dedico mi tiempo? Estas son cosas que podemos empezar a cambiar, acumulando la suficiente energía como para liberar un poquito de atención, que a su vez nos permitirá adentrarnos más en el ejercicio. Por ejemplo, en lugar de pasar hora tras hora viendo la tele, yendo de compras o conversando con nuestros amigos sobre cosas intrascendentes, podríamos dedicar una pequeña parte de ese tiempo a hacer ejercicios físicos, a recapitular nuestra historia o bien a ir solos a un parque, quitarnos los zapatos y caminar descalzos sobre la hierba. Parece algo sencillo, pero con esas prácticas nuestro panorama sensorial se redimensiona. Recuperamos algo que siempre estuvo ahí y que habíamos dado por perdido. A partir de esos pequeños cambios, podemos analizar elementos más difíciles de detectar, en los cuales nuestra vanidad se proyecta hasta la demencia. Por ejemplo, ¿cuáles son mis convicciones? ¿Me considero inmortal? ¿Soy especial? ¿Merezco que me tomen en cuenta? Este tipo de análisis se mete en el campo de las creencias -la mera fortaleza de los sentimientos-, así que deben emprenderlo a través del silencio interno y sellando un compromiso muy ferviente con la honestidad. De otro modo, la mente saldrá con todo tipo de justificaciones.


El Nagual decía que estos ejercicios hay que hacerlos con un sentido de alarma, porque, en verdad, se trata de sobrevivir a un poderoso ataque. Dense cuenta de que la importancia personal es un veneno implacable. No nos queda tiempo, el antídoto es la urgencia. ¡Es ahora o nunca!. Una vez que hayan diseccionado sus sentimientos, deben aprender a reencauzar sus esfuerzos más allá del interés humano, hasta el sitio de la no-compasión. Para los videntes, ese sitio es un área de nuestra luminosidad tan funcional como lo es el área de la racionalidad. Podemos aprender a evaluar el mundo desde un punto de vista desapegado, tal como aprendimos, siendo niños, a juzgarlo a partir de la razón. Sólo que el desapego, como punto de enfoque, está mucho más cerca del temple del guerrero. Sin esa precaución, la revoltura emocional resultante del ejercicio de acechar a nuestra importancia puede ser tan dolorosa, que uno puede verse llevado al suicidio o la demencia. Cuando aprende a contemplar el mundo desde la no-compasión, intuyendo que detrás de toda situación que implique desgaste energético hay un universo impersonal, el aprendiz deja de ser un nudo de sentimientos y se convierte en un ser fluido. El problema de la compasión es que nos obliga a ver al mundo a través de la autoindulgencia. Un guerrero sin compasión es una persona que ha ubicado su voluntad en el centro de la frialdad y ya no se complace en el 'pobrecito de mí'. Es un individuo que no siente piedad por sus debilidades, ha aprendido a reírse de sí mismo.


Un modo de definir la importancia personal, es entendiéndola como la proyección de nuestras debilidades a través de la interacción social. Es como los gritos y actitudes prepotentes que adoptan algunos animales pequeños para disimular el hecho de que, en realidad, no tienen defensas. Somos importantes porque tenemos miedo, y cuanto más miedo, más ego. Sin embargo, y afortunadamente para los guerreros, la importancia personal tiene un punto débil, y es que depende del reconocimiento para subsistir. Es como el papalote, que necesita de una corriente de aire para subir y mantenerse en lo alto; de otro modo cae en picada y se rompe. Si no le damos importancia a la importancia, ésta se acaba. Sabiendo esto, un aprendiz renueva sus relaciones. Aprende a huir de quienes le consienten y frecuenta a aquellos a los que nada humano les importa. Busca la crítica, no la adulación. Cada cierto tiempo comienza una vida nueva, borra su historia, cambia de nombre, explora nuevas personalidades, anula la sofocante persistencia de su ego y se lleva a sí mismo a situaciones límite, en las cuales lo auténtico se ve forzado a asumir el mando. Un cazador de poder no se tiene lástima, no busca el reconocimiento ante los ojos de nadie. La no-compasión es sorpresiva. Se intenta poco a poco, durante años de presión continua, pero ocurre de golpe, como una vibración instantánea que rompe nuestro molde y nos permite mirar al mundo desde una serena sonrisa. Por primera vez en muchos años, nos sentimos libres del terrible peso de ser nosotros mismos y vemos la realidad que nos rodea. Al no tenernos lástima, podemos enfrentar con elegancia el impacto de nuestra extinción personal. La muerte es la fuerza que da al guerrero valor y moderación. Sólo mirando a través de sus ojos nos volvemos conscientes de que no somos importantes. Entonces ella viene a morar a nuestro lado y comienza a transmitirnos sus secretos. El contacto con su intrascendencia deja una marca indeleble en el carácter del aprendiz. Este comprende de una vez que toda la energía del universo está conectada. No hay un mundo de objetos que se relacionan entre sí a través de leyes físicas. Lo que existe es un panorama de emanaciones luminosas inextricablemente ligadas, en el cual podemos hacer interpretaciones en la medida que nos lo permita el poder de nuestra atención. Todas nuestras acciones cuentan, porque desencadenan aludes en el infinito. Por eso ninguna vale más que la otra, ninguna es más importante que la otra. Esa visión corta de tajo la propensión que tenemos a ser indulgentes con nosotros mismos. Al ser testigo del vínculo universal, el guerrero se hace presa de sentimientos encontrados. Por un lado, júbilo indescriptible y una reverencia suprema e impersonal hacia todo lo que existe. Por el otro, un sentido de lo inevitable y tristeza profunda, que nada tiene que ver con la autocompasión; una tristeza que viene del seno del infinito, una ráfaga de soledad que no se disipa nunca. Ese sentimiento depurado da al guerrero la sobriedad, la finura, el silencio que necesita para intentar allí donde todas las razones humanas fracasan. En tales condiciones, la importancia personal fenece por sí misma. Para erradicar la importancia personal de la vida de los guerreros hay que seguir las cinco estrategias o atributos del guerrero para alcanzar la invulnerabilidad. Los cinco atributos del ser guerrero son:

  • control y disciplina
  • impecabilidad
  • refrenamiento
  • la habilidad para escoger el momento oportuno
  • el intento.


black eagle, aprendiz de brujo