jueves, 7 de enero de 2010

calma



Los grandes logros del ser humano no son los que alborotan, sino los que suceden con calma, como el fluir del agua y del aire, como el crecimiento de los árboles.

adalbert stitfert

miércoles, 6 de enero de 2010

viaje al corazón


Bastami era uno de los más grandes sufíes de la India. Se proponía efectuar una larga peregrinación a La Meca, cuando se encontró con un instructor espiritual que el preguntó:

- ¿Por qué has de ir a La Meca?
- Para ver a Dios

El instructor le ordenó:
- Dame ahora mismo todo el dinero que llevas contigo para el viaje.

Bastami le entregó el dinero, el instructor se lo guardó en el bolsillo, y dijo:
- Sé que habrías dado siete vueltas alrededor de la piedra sagrada. Pues bien, en lugar de eso, da ahora siete vuelas a mi alrededor.

Bastami obedeció y dio siete vueltas alrededor del instructor, quien declaró a continuación:

- Ahora sí has conseguido lo que te proponías. Ya puedes regresar a tu casa con el ánimo sereno y satisfecho, si bien antes quiero decirte algo más. Desde que La Meca fue construida, ni un solo minuto Dios ha morado allí. Pero desde que el corazón del hombre fue creado, ni un solo instante Dios ha dejado de habitar en él. Ve a tu casa y medita. Viaja a tu corazón.

martes, 5 de enero de 2010

un atisbo




Cobijados por un cielo azul, los rayos anaranjados del sol poniente pueden, en ocasiones especiales, obsequiarnos un momento de belleza tan considerable, que nos encontramos momentáneamente pasmados, con la mirada congelada. El esplendor del momento nos deslumbra de tal modo que nuestras compulsivas mentes charlatanas hacen una pausa, como para no llevarnos mentalmente a un lugar diferente del aquí y el ahora. Bañados en luz, parece que se abre una puerta a otra realidad, siempre presente, pero raras veces presenciada.
Abraham Maslow las llamaba "experiencias cumbre" puesto que representan los momentos más altos de la vida, cuando nos encontramos gozosamente catapultados más allá de lo mundano y lo ordinario. Podía igualmente haberlas llamado experiencias de "atisbo". Durante estas ocasiones de expansión vislumbramos un destello del reino eterno del Ser. Aunque sólo sea por un breve momento, llegamos al hogar de nuestro Verdadero Ser.
"Ah" podría uno suspirar, "Tan grandioso... si pudiera quedarme aquí. ¿Pero cómo tomar residencia permanente?" ...
Durante los últimos diez años, me he aplicado a averiguarlo. Durante mi búsqueda, he tenido el honor de entablar diálogos con los más osados, inspiradores y penetrantes "pioneros de paradigmas" de nuestro tiempo: en medicina, ciencia, psicología, negocios, religión/espiritualidad y potencial humano. Este diverso grupo de individuos tienen en común la percepción de que la humanidad está dando un salto cuántico hacia adelante en su desarrollo evolutivo. Este cambio va acompañado de un giro en la visión del mundo, la imagen básica que tenemos de "cómo son las cosas". Una visión del mundo busca contestar dos preguntas fundamentales: "¿Quiénes somos?" y "¿Cuál es la naturaleza del Universo en el que vivimos?" Nuestras respuestas a esas preguntas determinan la calidad y las características de nuestras relaciones personales con la familia, los amigos y los jefes/empleados. Cuando se consideran en una escala mayor, definen las sociedades.
No es sorprendente que la visión del mundo que está emergiendo ponga en duda muchas de las cosas que la sociedad occidental considera verdaderas:

MITO # 1 La humanidad ha alcanzado el pináculo de su desarrollo.

El cofundador de Esalen, Michael Murphy, rastreando estudios de religiones comparadas, medicina, antropología y deportes, ha sacado la estimulante conclusión de que hay etapas más avanzadas de desarrollo humano. En la medida en que una persona alcanza esos niveles avanzados de madurez espiritual, empiezan a florecer extraordinarias capacidades de amor, vitalidad, personalidad, conciencia personal, intuición, percepción, comunicación y voluntad.
Primer paso: reconocer que existen. La mayoría de las personas no lo reconoce. Sólo entonces, se pueden emplear métodos con intención consciente.

MITO # 2 Estamos completamente separados unos de otros, de la naturaleza y del cosmos.

Este mito del "distinto de mí" ha sido responsable de las guerras, el asolamiento del planeta y de todas las formas y expresiones de la injusticia humana. Después de todo ¿quién en su sano juicio haría daño a otro si experimentara a esa persona como parte de sí mismo? Stan Grof, en su investigación de estados no ordinarios de conciencia, resume diciendo que "la psique y la conciencia de cada uno de nosotros es, al fin y al cabo, correspondiente con "Todo Lo Que Es", porque no hay fronteras absolutas entre el cuerpo/ego y la totalidad de la existencia".
La medicina Era-3 del doctor Larry Dossey, en la que los pensamientos, las actitudes y las intenciones de curación de un individuo pueden influir en la fisiología de otra persona (en contraste con la Era-2, en la que prevalece la medicina mente-cuerpo), está muy bien sustentada por estudios científicos sobre el poder curativo de la oración. Ahora bien, esto no puede ocurrir de acuerdo con los principios conocidos de la física y con la visión del mundo de la ciencia tradicional. Sin embargo la abundancia de las evidencias sugiere que de hecho ocurre.

MITO # 3 El mundo físico es todo lo que hay.

Atada a la materia, la ciencia tradicional asume que cualquier cosa que no pueda ser medida, examinada en un laboratorio o comprobada por los cinco sentidos y sus extensiones tecnológicas, simplemente no existe. Es "irreal". La consecuencia: toda la realidad se ha reducido a la realidad física. La dimensión espiritual, o lo que yo llamaría dimensiones no físicas de la realidad han sido desterradas.
Esto choca con la "filosofía perenne", ese consenso filosófico que se extiende a través de épocas, religiones, tradiciones y culturas, que describe dimensiones de la realidad diferentes, pero continuas. Estas van de las más densas y menos conscientes -lo que llamaríamos 'materia'- a las menos densas y más conscientes -que llamaríamos dimensiones espirituales-.
Curiosamente, este modelo extendido, multidimensional, de la realidad es sugerido por teóricos cuánticos tales como Jack Scarfetti, que describe el viaje superluminal. Otras dimensiones de la realidad se usan para explicar los viajes que ocurren a velocidad mayor que la de la luz, el último de los límites de velocidad. O considere el trabajo del legendario físico David Bohm con su modelo multidimensional de la realidad desarrollada (física) e implicada (no física).
Esto no es mera teoría: el Experimento Aspect de 1982 en Francia demostró que dos partículas cuánticas que habían estado conectadas alguna vez, cuando eran separadas por vastas distancias permanecían conectadas de alguna manera. Si se cambiaba una partícula, la otra cambiaba instantáneamente. Los científicos no conocen la mecánica de cómo ocurre este viaje más rápido que la velocidad de la luz, aunque algunos teóricos sugieren que esta conexión tiene lugar por medio de puertas a dimensiones superiores.
Así pues, al contrario de lo que pudieran pensar aquellos que se empeñan en su lealtad al paradigma tradicional, las personas pioneras e influyentes con las que hablé, sentían que no hemos alcanzado el pináculo del desarrollo humano, estamos conectados, más que separados, con el resto de la vida y el espectro completo de la conciencia comprende tanto la dimensión física como una multitud de dimensiones no físicas de la realidad.
En esencia, esta nueva visión del mundo supone que usted se vea a sí mismo, a los demás y a toda la vida, no con los ojos de nuestro pequeño ser terrenal, que vive en el tiempo y ha nacido en el tiempo; sino, más bien, a través de los ojos del espíritu, de nuestro Ser, de el Verdadero Sí mismo. Una a una, las personas están pasando a esta órbita superior.

Eckhart Tolle toma con todo derecho su lugar entre este grupo especial de maestros universales. El mensaje de Eckhart es: el problema de la humanidad está profundamente arraigado en la mente misma. O más bien, en nuestra identificación errónea con nuestra mente.
Nuestra conciencia fluctuante, nuestra tendencia a tomar el camino de menor esfuerzo sin estar totalmente despiertos al momento presente, crea un vacío. Y la mente atada al tiempo, que ha sido diseñada para ser un sirviente útil, busca compensación proclamándose el amo. Como una mariposa que revolotea de una flor a otra, la mente se aferra a las experiencias pasadas o, proyectando su propia película, anticipa lo que va a venir. Rara vez nos encontramos descansando en la profundidad oceánica del aquí y ahora. Porque es aquí -en el Ahora- donde encontramos nuestro Verdadero Ser, que está detrás de nuestro cuerpo físico, nuestras emociones cambiantes y nuestra mente parlanchina.
La gloria suprema del desarrollo humano no se apoya en nuestra habilidad para pensar y razonar, aunque esto es lo que nos distingue de los animales. El intelecto, como el instinto, es simplemente un punto a lo largo del camino. Nuestro destino último es volver a conectarnos con nuestro Ser esencial y expresar nuestra realidad extraordinaria, divina, en el mundo físico ordinario, momento a momento. Esto se dice fácilmente, pero aún son pocos los que han alcanzado las últimas posibilidades del desarrollo humano.
Afortunadamente, hay guías y maestros para ayudarnos a lo largo del camino.El resultado es que hay un poder tras sus palabras que se encuentra solamente en los más celebrados maestros espirituales. Al vivir desde las profundidades de esta Realidad Superior, Eckhart despeja un camino lleno de energía para que los demás se le unan.
¿Y qué pasa si lo hacen? Seguramente el mundo como lo conocemos mejoraría. Los valores cambiarían entre los restos del naufragio de los temores que han sido arrastrados por el torbellino del Ser mismo. Nacería una nueva civilización.
"¿Dónde está la prueba de esta Realidad Superior?" preguntará usted. Ofrezco sólo una analogía: un gran grupo de científicos puede reunirse y darle a usted todas las pruebas científicas de que los bananos son amargos. Pero todo lo que usted tiene que hacer es probar uno, una sola vez, para darse cuenta de que hay todo ese otro aspecto de los bananos. En últimas, la prueba no está en los argumentos intelectuales sino en ser tocado en alguna medida por lo sagrado.


Russell E. Dicarlo

lunes, 4 de enero de 2010

un calzado natural



Había recorrido una corta distancia cuando noté un dolor punzante en los pies. Miré hacia abajo y vi que me asomaban unas espinas. Me las arranqué, pero cada vez que daba un paso me clavaba más. Intenté avanzar saltando sobre un pie y extrayendo al mismo tiempo las lacerantes agujas del otro. A los miembros del grupo que se volvían para mirarme les debió parecer cómico. Sonrieron de oreja a oreja. Outa se detuvo para esperarme, y la expresión de su rostro parecía más comprensiva cuando dijo: «Olvídate del dolor. Sácate las espinas cuando acampemos. Aprende a resistir. Fija la atención en otra cosa. Después nos ocuparemos de tus pies. Ahora no puedes hacer nada.»

La frase «Fija la atención en otra cosa» fue la que tuvo un mayor significado para mi. He trabajado como médico con cientos de personas que sufrían, sobre todo en los últimos quince años en que me he especializado en acupuntura. En situaciones terminales, a menudo el paciente debe decidir entre tomar una droga que le deje inconsciente o someterse a la acupuntura. En mi programa educativo a domicilio he utilizado esas mismas palabras. Esperaba que mis pacientes fueran capaces de hacerlo y ahora alguien esperaba lo mismo de mi. Del dicho al hecho hay un gran trecho, pero lo conseguí.
Al cabo de un rato nos detuvimos para descansar un momento y descubrí que la mayoría de las puntas se habían partido. Los cortes sangraban y las agujas se me habían metido debajo de la piel. Caminábamos sobre spinifex. Es lo que los botánicos llaman hierba de playa, que se aferra a la arena y sobrevive donde hay poca agua gracias a sus hojas afiladas como cuchillos. La palabra «hierba» es muy engañosa porque esa planta no se parece a ninguna hierba que yo conozca, no sólo porque sus hojas cortan sino porque además las agujas que sobresalen de ella son como espinas de cactos. Al penetrar en mis pies me dejaron la piel irritada, roja, hinchada y escocida. Por suerte soy una mujer aficionada al aire libre, que disfruta tomando el sol moderadamente y que a menudo camina descalza, pero las plantas de mis pies no estaban en absoluto preparadas para el trato que les aguardaba. El dolor no cesaba y me brotó sangre de todos los tonos, desde el rojo brillante hasta el marrón oscuro, a pesar de que yo trataba de no pensar en ello. Al mirarme los pies ya no distinguía la laca descascarillada de las uñas, del rojo de la sangre. Finalmente se me quedaron insensibles.

Caminábamos en completo silencio. Parecía muy extraño que nadie dijera nada. La arena estaba caliente, aunque no quemaba. El sol era cálido, pero no insoportable. De tanto en tanto el mundo parecía apiadarse de mí y me proporcionaba una breve brisa de aire fresco. Cuando miraba más allá del grupo, no distinguía una línea claramente definida entre el cielo y la tierra. En todas direcciones se repetía la misma escena, como una acuarela, en la que el cielo se mezclaba con la arena. Mi mente científica quería mitigar el vacío con unos límites. Una formación de nubes a miles de metros por encima de nuestras cabezas hacía que un solitario árbol en el horizonte pareciera una «í» con su punto. Tan sólo oía el crujido de los pies sobre la tierra, como si unas tiras de Velcro se unieran y se separaran repetidamente. De vez en cuando alguna criatura del desierto rompía la monotonía al moverse en un arbusto cercano. Un gran halcón pardo apareció de la nada y sobrevoló encima de mí cabeza en círculos. Sentí que en cierto modo vigilaba mi avance. No se acercó a ninguno de los otros, pero yo tenía un aspecto tan diferente al de los demás que pensé que tal vez necesitaba inspeccionarme más de cerca.
Sin previo aviso, la columna dejó de caminar hacia el frente y se desvió. Me cogieron por sorpresa; no se había dado ninguna instrucción de variar el rumbo. Todo el mundo pareció darse cuenta menos yo. Pensé que tal vez ellos se supieran el camino de memoria, pero era evidente que no seguíamos ningún camino en la arena con spinifex. Caminábamos sin rumbo por el desierto.
Mi cabeza era un torbellino de pensamientos. En el silencio me resultaba fácil observar mis pensamientos huyendo de un tema a otro. ¿Estaba ocurriendo todo aquello realmente? Quizá fuera un sueño. Habían hablado de atravesar Australia. ¡Eso no era posible! ¡Caminar durante meses! Tampoco eso era razonable. Habían oído mi grito de auxilio. ¿Qué significaba eso? Era algo a lo que estaba destinada... Menuda broma. No es que la ilusión de mi vida fuera precisamente sufrir explorando el Outback. También me preocupaba la inquietud que mi desaparición provocaría en mis hijos, sobre todo en mi hija. Estábamos muy unidas. Pensé en mí casera, que era una matrona anciana y respetable. Si no pagaba el alquiler a tiempo, ella me ayudaría a arreglar las cosas con los dueños. Apenas una semana antes había alquilado un televisor y un aparato de video. ¡Bueno, volver a tomar posesión de todo aquello sería una experiencia única! En aquel momento no creía que estuviéramos fuera más de un día, como mucho. Después de todo, no había nada a la vista para comer o beber.
Me eché a reír. Era una broma mía, personal. ¿ Cuántas veces había dicho que quería ganar un viaje exótico con todos los gastos pagados? Ahí lo tenía, con provisiones incluidas. Ni siquiera tenía que llevarme el cepillo de dientes. No era lo que yo había pensado, desde luego, pero sí lo que había expresado más de una vez.

A medida que avanzaba el día tenía tantos cortes en las plantas y los lados de los pies que los cortes, la sangre coagulada y las hinchazones rojizas les daban el aspecto de unas extremidades feas, insensibles y teñidas. Mis piernas estaban rígidas, los hombros quemados me escocían, y tenía el rostro y los brazos en carne viva. Ese día caminamos durante unas tres horas. Los limites de mí resistencia se expandían una y otra vez. A veces creía que si no me sentaba enseguida me desplomaría. Entonces ocurría algo que atraía mi atención. Aparecía el halcón, lanzando sus extraños y horripilantes chillidos sobre mi cabeza, o alguien se ponía a andar a mi lado y me ofrecía un trago de agua de un recipiente de aspecto desconocido que no era de alfarería y que llevaba atado con una cuerda alrededor del cuello o la cintura. Milagrosamente la distracción siempre me proporcionaba alas, me daba nuevas fuerzas, un nuevo soplo de aire. Por fin llegó el momento de detenerse para pasar la noche.

Inmediatamente todos tuvieron algo en que ocuparse. Encendieron un fuego sin usar cerillas, con un método que recordé haber visto en el Manual del desierto para exploradoras. Yo nunca había intentado hacer fuego dando vueltas a un palito en un agujero. Nuestros monitores no lo habían conseguido nunca. Apenas lograban producir el calor necesario para encender una llama diminuta, y al soplar sobre ella sólo se conseguía apagarla. En cambio aquella gente era muy experta. Algunos recogieron leña, y otros plantas. Dos hombres habían compartido una carga durante toda la tarde. Llevaban un trapo descolorido atado a dos largas lanzas, a modo de bolsa. Su contenido abultaba mientras caminaban, como si se tratara de enormes bolas. Lo depositaron en el suelo y sacaron varias cosas.

Una mujer muy anciana se acercó a mi. Parecía tan vieja como mi abuela, que pasaba ya de los noventa. Sus cabellos tenían la blancura de la nieve. Unas suaves arrugas llenaban su rostro de pliegues. Su cuerpo era esbelto, fuerte y flexible, pero tenía los pies tan secos y duros que parecían pezuñas. Era la mujer que había visto antes con la cinta de complicados dibujos, para el pelo, y los adornos en los tobillos. La anciana se quitó una pequeña bolsa de piel de serpiente que llevaba atada a la cintura y vertió algo que parecía vaselina descolorida en la palma de su mano. Me enteré de que era un ungüento de aceite de hojas. Señaló mis pies y yo asentí a su oferta de ayuda. La mujer se sentó frente a mí, puso mis pies en su regazo, me frotó el ungúento en las llagas hinchadas y entonó una canción. Era una melodía tranquilizadora, casi como una nana. Le pregunté a Outa cuál era su significado.
«Le está pidiendo perdón a tus pies —me contestó—. Les dice que los aprecias mucho. Les dice que todo el mundo en el grupo aprecia tus pies, y les pide que se pongan buenos y fuertes. Hace sonidos especiales para curar heridas y cortes. También emite sonidos que extraen los fluidos de la hinchazón. Pide que tus pies se vuelvan fuertes y duros.»

No fueron imaginaciones mías. Realmente noté que la quemazón, el escozor y el dolor de las llagas empezaban a aplacarse, y sentí un alivio progresivo. Mientras permanecía sentada con los pies en aquel regazo maternal, mi mente desafió la realidad de aquella experiencia. ¿Cómo había ocurrido? ¿Dónde había comenzado?


marlo morgan

domingo, 3 de enero de 2010

declaración de autoestima




Yo soy yo.
En todo el mundo, no existe nadie exactamente como yo.
Hay personas que tienen algunas partes en que se parecen a mí
pero ninguna es idéntica a mi.
Por lo tanto, todo lo que sale de mí
es auténticamente mío porque yo sólo lo elegí.

Todo lo mío me pertenece: mi cuerpo,
incluyendo todo lo que éste hace;
mi mente, con todos sus pensamientos e ideas;
mis ojos, incluyendo todas las imágenes que perciben;
mis sentimientos, cualesquiera que sean: coraje, alegría,
frustración, amor, decepción, excitación;
mi boca y todas las palabras que de ella salen,
refinadas, dulces o bruscas, correctas o incorrectas;
mi voz, fuerte o suave;
y todas mis acciones, ya sean dirigidas hacia otros o hacia mí.

Soy dueño (a) de mis fantasías, mis sueños, mis esperanzas,
mis temores...
Son míos mis triunfos y mis éxitos, todos mis fracasos y errores...

Sé que hay aspectos de mí mismo (a)
que me confunden, y otros
que no conozco.
Pero mientras me conozca y me ame,
puedo buscar valerosamente y con esperanza
la solución a mis confusiones y la forma
de conocerme más.

Puedo descartar lo que parece no encajar y
conservar lo que sí encaja, e idear
algo nuevo para reemplazar lo
que descarté.

Puedo ver, oir, sentir, pensar, hablar y actuar.
Tengo los instrumentos para sobrevivir, para
acercarme a los demás, para
ser productivo, y para dar sentido y
sacar del mundo las personas y cosas ajenas a mí.

Me pertenezco,
y por consiguiente puedo manejarme.

Yo soy yo y yo estoy bien.



virginia satir

sábado, 2 de enero de 2010

borrar la historia personal



Jueves, diciembre 22, 1960

Don Juan estaba sentado en el suelo, junto a la puer­ta de su casa, con la espalda contra la pared. Volteó un cajón de madera para leche y me pidió tomar asiento y ponerme cómodo. Le ofrecí unos cigarrillos. Había llevado un paquete. Dijo que no fumaba, pero aceptó el regalo. Hablamos sobre el frío de las no­ches del desierto y otros temas ordinarios de conver­sación.
Le pregunté si no interfería yo con su rutina nor­mal. Me miró como frunciendo el entrecejo y re­puso que no tenía rutinas, y que yo podía estarme con él toda la tarde si así lo deseaba.
Yo había preparado algunas cartas de genealogía y parentesco que deseaba llenar con ayuda suya. Tam­bién había compilado, a través de la literatura etno­gráfica, una larga serie de rasgos culturales pertene­cientes, se decía, a los indígenas de la zona. Quería revisar con él la lista y marcar todos los elementos que le fuesen familiares.
Empecé con las cartas de parentesco.
-¿Cómo llamaba usted a su padre? -pregunté.
-Lo llamaba papá -dijo él con rostro muy serio.
Me sentí algo molesto, pero procedí sobre la supo­sición de que no había comprendido.
Le mostré la carta y expliqué: un espacio era para el padre y otro para la madre. Di como ejemplo las distintas palabras usadas para padre y madre en in­glés y en español.
Pensé que tal vez habría debido empezar por la madre.
-¿Cómo llamaba usted a su madre? -pregunté.
-La llamaba mamá -repuso con tono ingenuo.
-Quiero decir, ¿qué otras palabras usaba usted para llamar a su padre y a su madre? ¿Cómo los lla­maba usted? -dije, tratando de ser paciente y cortés.
Se rascó la cabeza y me miró con una expresión estúpida.
-¡Caray! -dijo-. Me la pusiste difícil. Déjame pensar.
Tras un momento de titubeo, pareció recordar algo, y yo me dispuse a escribir.
-Bueno -dijo, como inmerso en serios pensa­mientos-, ¿de qué otra forma los llamaba? ¡oye, oye, papá! ¡Oye, oye, mamá!
Reí contra mi voluntad. Su expresión era verdade­ramente cómica y en ese momento no supe si era un viejo absurdo que me jugaba bromas, o si en verdad era un simplón. Usando cuanta paciencia había en mi, le expliqué que éstas eran preguntas muy serias, y que para mi trabajo tenía gran importancia llenar los formularios. Traté de hacerle comprender la idea de una genealogía e historia personal.
-¿Cuáles eran los nombres de su padre y su ma­dre? -pregunté.
Él me miró con ojos claros y amables.
-No pierdas tu tiempo con esa mierda -dijo sua­vemente, pero con fuerza insospechada.
No supe qué decir; parecía que alguien más hu­biese pronunciado esas palabras. Un momento antes, don Juan había sido un indio estúpido y destanteado rascándose la cabeza, y de buenas a primeras había cambiado los papeles. Yo era el estúpido, y él me contemplaba con una mirada indescriptible que no era de arrogancia, ni de desafío, ni de odio, ni de desprecio. Sus ojos eran claros y bondadosos y pe­netrantes.
-No tengo ninguna historia personal -dijo tras una larga pausa-. Un día descubrí que la historia personal ya no me era necesaria y la dejé, igual que la bebida.
Yo no acababa de entender el sentido de sus pala­bras. Le recordé que él mismo me había asegurado que estaba bien hacerle preguntas. Reiteró que eso no lo molestaba en absoluto.
-Ya no tengo historia personal -dijo, y me miró con agudeza-. La dejé un día, cuando sentí que ya no era necesaria.
Me le quedé viendo, tratando de detectar los sig­nificados ocultos de sus palabras.
-¿Cómo puede uno dejar su historia personal? -pregunté en tono de discusión.
-Primero hay que tener el deseo de dejarla -di­jo-. Y luego tiene uno que cortársela armoniosa­mente, poco a poco.
-¿Por qué iba uno a tener tal deseo? -exclamé.
Yo tenía un apego terriblemente fuerte a mi his­toria personal. Mis raíces familiares eran hondas. Sentía, con toda honradez, que sin ellas mi vida no tendría continuidad ni propósito.
-Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la historia personal -dije.
-A acabar con ella, a eso me refiero -respondió cortante.
Insistí en que sin duda yo no entendía el plan­teamiento.
-Usted, por ejemplo -dije-. Usted es un yaqui. No puede cambiar eso.
-¿Lo soy? -preguntó sonriendo-. ¿Cómo lo sabes?
-¡Cierto! -dije-. No puedo saberlo con certeza, en este punto, pero usted lo sabe y eso es lo que cuenta. Eso es lo que hace que sea historia personal.
Sentí haber remachado un clavo bien puesto.
-El hecho de que yo sepa si soy yaqui o no, no hace que eso sea historia personal -replicó él-. Sólo se vuelve historia personal cuando alguien más lo sabe. Y te aseguro que nadie lo sabrá nunca de cierto.
Yo había anotado torpemente sus palabras. Dejé de escribir y lo miré. No podía hallarle el modo. Repasé mentalmente las impresiones que de él tenía: la for­ma misteriosa e insólita en que me miró durante nuestro primer encuentro, el encanto con que había afirmado recibir corroboraciones de todo cuanto lo rodeaba, su molesto humorismo y su viveza, su ex­presión de auténtica estupidez cuando le pregunté por su padre y su madre, y luego la insospechada fuerza de sus aseveraciones, que me había partido en dos.
-No sabes quién soy, ¿verdad? -dijo como si le­yera mis pensamientos-. jamás sabrás quién soy ni qué soy, porque no tengo historia personal.
Me preguntó si tenía padre. Le dije que sí. Afirmó que mi padre era un ejemplo de lo que él tenía en mente. Me instó a recordar lo que mi padre pensaba de mí.
-Tu padre conoce todo lo tuyo -dijo-. Así pues, te tiene resuelto por completo. Sabe quién eres y qué haces, y no hay poder sobre la tierra que lo haga cambiar de parecer acerca de ti.
Don Juan dijo que todos cuantos me conocían te­nían una idea sobre mí, y que yo alimentaba esa idea con todo cuanto hacía.
-¿No ves? -preguntó con dramatismo-. Debes renovar tu historia personal contando a tus padres, o a tus parientes y tus amigos todo cuanto haces. En cambio, si no tienes historia personal, no se necesi­tan explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con tus actos. Y sobre todo, nadie te amarra con sus pensamientos.
De pronto, la idea se aclaró en mi mente. Yo casi la había sabido, pero nunca la examiné. El carecer de historia personal era en verdad un concepto atra­yente, al menos en el nivel intelectual; sin embargo, me daba un sentimiento de soledad ominoso y des­agradable. Quise discutir con él mis sentimientos, pero me frené; algo había de tremenda incongruen­cia en la situación inmediata. Me sentí ridículo por intentar meterme en una discusión filosófica con un indio viejo que obviamente no tenía el "refinamien­to" de un estudiante universitario. De algún modo, don Juan me había apartado de mi intención origi­nal de interrogarlo sobre su genealogía.
-No sé cómo terminamos hablando de esto cuando yo nada más quería unos nombres para mis cartas -dije, tratando de reencauzar la conversación hacia el tema que yo deseaba.
-Es muy sencillo -dijo él-. Terminamos ha­blando de ello porque yo dije que hacer preguntas sobre el pasado de uno es un montón de mierda.
Su tono era firme. Sentí que no había forma de moverlo, así que cambié mis tácticas.
-Esta idea de no tener historia personal ¿es algo que hacen los yaquis? -pregunté.
-Es algo que hago yo.
-¿Dónde lo aprendió usted?
-Lo aprendí en el curso de mi vida.
-¿Se lo enseñó su padre?
-No. Digamos que lo aprendí solo, y ahora voy a darte el secreto, para que no te vayas hoy con las manos vacías.
Bajó la voz hasta un susurro dramático. Reí de su histrionismo. Había que admitir su excelencia en ese renglón. Por mi mente cruzó la idea de que me hallaba ante un actor nato.
-Escríbelo -dijo con arrogante condescenden­cia-. ¿Por qué no? Parece que así estás más a gusto.
Lo miré, y mis ojos deben haber delatado mi con­fusión. Él se dio palmadas en los muslos y rió con gran deleite.
-Vale más borrar toda historia personal -dijo despacio, como dando tiempo a mi torpeza de anotar sus palabras- porque eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos.
No pude creer que en verdad estuviera diciendo eso. Tuve un momento de gran confusión. Él, sin duda, leyó en mi rostro mi agitación interna, y la utilizó de inmediato.
-Aquí estás tú, por ejemplo -prosiguió-. En estos momentos no sabes si vas o vienes. Y eso es por­que yo he borrado mi historia personal. Poco a poco, he creado una niebla alrededor de mí y de mi vida. Y ahora, nadie sabe de cierto quién soy ni qué hago.
-Pero usted mismo sabe quién es, ¿no? -inter­calé.
-Por supuesto que... no -exclamó y rodó por el suelo, riendo de mi expresión sorprendida.
Había hecho una pausa lo bastante larga para ha­cerme creer que iba a decir que sí sabía, como yo anticipaba. El subterfugio me resultó muy amena­zante. En verdad me dio miedo.
-Ése es el secretito que voy a darte hoy -dijo en voz baja-. Nadie conoce mi historia personal. Nadie sabe quién soy ni qué hago. Ni siquiera yo.
Achicó los ojos. No miraba en mi dirección sino más allá, por encima de mi hombro derecho. Estaba sentado con las piernas cruzadas, tenía la espalda derecha y sin embargo parecía de lo más relajado. En aquel instante era la imagen misma de la fiereza. Lo imaginé fantasiosamente como un jefe indio, un "guerrero de piel roja" en las románticas sagas fron­terizas de mi niñez. Mi romanticismo me arrastró, y un sentimiento de ambivalencia sumamente insidio­so tejió su red en torno mío. Podía decir sincera­mente que don Juan me simpatizaba mucho, y añadir, en el mismo aliento, que le tenía un miedo mortal.
Sostuvo esa extraña mirada durante un momento largo.
-¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy todo esto? -dijo, barriendo el entorno con un gesto de su cabeza.
Luego posó en mí los ojos y sonrió.
-Poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tu problema es que eres demasiado cierto. Tus empresas son demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte.
-¿Para qué? -pregunté, belicoso.
Se me aclaró que don Juan me estaba dando reglas de conducta. A lo largo de toda mi vida, yo había llegado al punto de ruptura cuando alguien trataba de decirme qué hacer; la sola idea de que me dijeran qué hacer me ponía de inmediato a la defensiva.
-Dijiste que querías aprender los asuntos de las plantas -dijo él calmadamente-. ¿Quieres recibir algo a cambio de nada? ¿Qué te crees que es esto? Quedamos en que tú me harías preguntas y yo te diría lo que sé. Si no te gusta, no tenemos nada más qué decirnos.
Su terrible franqueza me despertó resentimiento, y a regañadientes concedí que él tenía la razón.
-Entonces mírala por este lado -prosiguió-. Si quieres aprender los asuntos de las plantas, como en realidad no hay nada que decir de ellas, debes, entre otras cosas, borrar tu historia personal.
-¿Cómo? -pregunté.
-Empieza por lo fácil, como no revelar lo que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que te conozcan bien. Así construirás una niebla en tu alrededor.
-Pero eso es absurdo -protesté-. ¿Por qué no va a conocerme la gente? ¿Qué hay de malo en ello?
-Lo malo es que, una vez que te conocen, te dan por hecho, y desde ese momento no puedes ya romper el lazo de sus pensamientos. A mí en lo personal me gusta la libertad ilimitada de ser desconocido. Nadie me conoce con certeza constante, como te conocen a ti, por ejemplo.
-Pero eso sería mentir.
-No me importan las mentiras ni las verdades -dijo con severidad-. Las mentiras son mentiras solamente cuando tienes historia personal.
Argumenté qué no me gustaba engañar delibera­damente a la gente ni despistarla. Su respuesta fue que de cualquier manera yo despistaba a todo el mundo.
El viejo había tocado una llaga abierta en mi vida. No me detuve a preguntarle qué quería decir con eso ni cómo sabía que yo engañaba a la gente todo el tiempo. Simplemente reaccioné a su afirmación, defendiéndome a través de explicaciones. Dije tener la dolorosa conciencia de que mi familia y mis ami­gos me consideraban indigno de confianza, cuando en realidad jamás había dicho una mentira en toda mi vida.
-Siempre supiste mentir -dijo él-. Lo único que faltaba era que sabías por qué hacerlo. Ahora lo sabes.
Protesté.
-¿No ve usted que estoy harto de que la gente me considere indigno de confianza? -dije.
-Pero sí eres indigno de confianza -repuso con convicción.
-¡Que no, hombre, me llevan los demonios! -ex­clamé.
Mi actitud, en vez de forzarlo a la seriedad, lo hizo reír histéricamente. Sentí un enorme desprecio hacia el anciano por su engreimiento. Desdichada­mente, estaba en lo cierto con respecto a mí.
Tras un rato me calmé y él siguió hablando.
-Cuando uno no tiene historia personal -expli­có-, nada de lo que dice puede tomarse como una mentira. Tu problema es que tienes que explicarle todo a todos, por obligación, y al mismo tiempo quie­res conservar la frescura, la novedad de lo que haces. Bueno, pues como no puedes sentirte estimulado después de explicar todo lo que has hecho, dices men­tiras para seguir en marcha.
-Me hallaba en verdad perplejo por la gama de nuestra conversación. Escribía lo mejor posible todos los detalles del diálogo, concentrándome en lo que don Juan decía en lugar de detenerme a deliberar en mis prejuicios o en el sentido de sus palabras.
-De ahora en adelante -dijo él-, debes simple­mente enseñarle a la gente lo que quieras enseñarle, pero sin decirle nunca con exactitud cómo lo has hecho.
-¡Yo no puedo guardar secretos! -exclamé-. Lo que usted dice es inútil para mí.
- ¡Pues cambia! -dijo en tono cortante y con un brillo feroz en la mirada.
Parecía un extraño animal salvaje. Y sin embargo era tan coherente en sus ideas, y tan verbal. Mi mo­lestia cedió el paso a un estado de confusión irri­tante.
-Verás -prosiguió-: sólo tenemos una alterna­tiva: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero, terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si hacemos lo se­gundo y borramos la historia personal, creamos una niebla a nuestro alrededor, un estado muy emocio­nante y misterioso en el que nadie sabe por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.
Repuse que borrar la historia personal sólo acre­centaría nuestra sensación de inseguridad.
-Cuando nada es cierto nos mantenemos alertas, de puntillas todo el tiempo -dijo él-. Es más emo­cionante no saber detrás de cuál matorral se esconde la liebre, que portarnos como si conociéramos todo.
No dijo una palabra más durante un rato muy lar­go; acaso una hora transcurrió en completo silencio. Yo no sabía qué preguntar. Finalmente, se puso de pie y me pidió llevarlo al pueblo cercano.
Yo ignoraba el motivo, pero nuestra conversación me había agotado. Tenía ganas de dormir. Él me pi­dió parar en el camino y me dijo que, si deseaba descansar, debía trepar a la cima plana de una loma al lado de la carretera y acostarme bocabajo con la cabeza hacia el este.
Parecía tener un sentimiento de urgencia. Yo no quise discutir, o acaso me encontraba demasiado can­sado hasta para hablar. Subí al cerro e hice lo que él me había indicado.
Dormí sólo dos o tres minutos, pero fueron sufi­cientes para que mi energía se renovara.
Llegamos al centro del pueblo, donde quiso que lo dejase.
-Vuelve -dijo al bajar del coche-. Acuérdate de volver.



carlos castaneda

viernes, 1 de enero de 2010

el guerrero nace



La nieve se ha derretido .
El bosque respira nuevamente .
El sol se refleja en el estanque ...
Una vez más.




lucas estrella schutz