domingo, 28 de febrero de 2010

haiku



Hay gente que escribe poesía haiku para ganarse la vida. ¿Sabes lo que pienso? Deberíamos hacer que nuestras vidas fuesen poesías haiku. Ya trabajes duro en una fábrica ruidosa, bregues en un barco de pesca, o luches por sobrevivir en una tienda deslucida. Hay gente que ha escrito poemas haiku inspirada en situaciones tan prosaicas como esas. Y nosotros, si de verdad queremos, podemos convertir cualquier tarea, las 24 horas de cada día, en un poema. Desde luego, primero tenemos que tener un alma que sea seria y luminosa al mismo tiempo. Tenemos que ver más allá de la superficie de las cosas, buscar la belleza escondida de todo y descubrir las cosas gloriosas que nos rodean. Así cada día se hace un poema haiku.


réquiem por nagasaki, dr. tagashi nagai

sábado, 27 de febrero de 2010

dormir es como morir un poco



Dormir es como morir un poco,
Cerrar los ojos y estar como muerto,
Silencio, soledad y miedo.
Dormir es no pensar,
Descansar el alma y el cuerpo,
Fluir en el instante oscuro del tiempo.
Ay de mi que duermo pero pienso,
Ay de mi que indago en los rincones del sueño,
Y lloro por los recuerdos,
Amo por todos los nuestros,
Que sin estar
Siguen estando pero muertos,
Amo por todos aquellos,
Que queriendolo hacer
No despiertan de su sueño,
Triste destino
La soledad de su destierro.

Morir es como dormir,
Fluir en otra dimension del tiempo,
Cerrar los ojos
Y borrarse los recuerdos,
Cerrar los ojos
Y estar ya muerto.
Quien pudiera explicar
Si perviven los sentimientos,
Si a pesar de no estar
Siguen estando en la mirada,
Quien pudiera explicar
A donde va todo el amor que se arrebata,
Y ese silencio,
Ese silencio que mata.

viernes, 26 de febrero de 2010

¿cómo se puede invertir esta situación y recuperar la estima espiritual y el amor propio?



¿Cómo se puede invertir esta situación y recuperar la estima espiritual y el amor propio? Tenemos que buscar algo muy distinto de lo que buscaba la pequeña vendedora de fósforos. Tenemos que llevar nuestras ideas a un lugar donde se les preste apoyo. Este gigantesco paso va de la mano de la concentración en un objetivo: la búsqueda de alimento. Pocas de nosotras somos capaces de crear a partir exclusivamente de nuestro amor propio. Necesitamos que nos acaricien todas las caricias de alas de ángel habidas y por haber.

A la gente se le ocurren casi siempre ideas maravillosas: voy a pintar esta pared con un color que me guste; voy a crear un proyecto con el que toda la ciudad se sentirá identificada; voy a hacer unos azulejos para mi cuarto de baño y, si me gustan, venderé unos cuantos; reanudaré los estudios, venderé mi casa y me dedicaré a viajar, tendré un hijo, dejaré esto y empezaré lo otro, iré por mi camino, mejoraré mi conducta, ayudaré a enderezar esta injusticia o esta otra, protegeré a los que carecen de protección.
Todos estos proyectos necesitan alimento. Necesitan un apoyo vital de personas cordiales. La niña de las cerillas va vestida de andrajos. Como dice la canción, ha estado abajo tanto tiempo que le parece que está arriba. Nadie puede crecer al nivel en el que ella se encuentra. Queremos colocarnos en una situación en la que, como los árboles y las plantas, podamos volvernos hacia el sol. Pero tiene que haber un sol. Para hacerlo, hemos de movernos, no podemos permanecer sentadas. Tenemos que hacer algo para cambiar nuestra situación. Si no nos movemos, volveremos a las calles a vender cerillas.

Los amigos que nos aman y contemplan calurosamente nuestra vida creativa son los mejores soles del mundo. Cuando una mujer, tal como le ocurre a la niña de las cerillas, no tiene amigos, se queda congelada por la angustia y a veces también por la cólera. Y en ocasiones, aunque tenga amigos, puede que éstos no sean unos soles. Es posible que la consuelen en lugar de hablarle de su situación cada vez más congelada. Pero el consuelo no tiene absolutamente nada que ver con el alimento. El alimento mueve a la mujer de un lugar a otro. El alimento es algo así como unos copos de cereales psíquicos.

La diferencia entre el consuelo y el alimento consiste en lo siguiente: si tú tienes una planta que está enferma porque la guardas en un armario oscuro y le diriges palabras tranquilizadoras, eso es un consuelo. Si sacas la planta del armario, la pones al sol, le das algo de beber y le hablas, eso es un alimento.

jueves, 25 de febrero de 2010

cuando el amor se acerca




Cuando el amor se acerca, los seres y las cosas se abren como las flores.

Amar verdaderamente, es ser capaz de hacer entrar en vuestro amor por un ser, el amor por el universo entero, para todas las criaturas, desde las piedras hasta las estrellas.
El amor desinteresado no espera nada de los demás, no se inquieta, no se pega a los demás, no les perturba. Es una fuente que emana, que da sin cesar sin preocuparse de saber quién vendrá a beber de su agua.
El amor es una cualidad de la vida divina. Por ello, no encontraréis el amor si no lográis derramar esta vida en vosotros, una vida purificada, iluminada por la práctica de las virtudes.

El verdadero mago, el mago todopoderoso, es el amor. Debéis invitarlo para que se instale en vosotros, y entonces, como la llama resplandeciente a través del vidrio de una lámpara, allí donde iréis, vuestro amor resplandecerá alrededor vuestro.
Amar a un ser, es querer desarrollar aquello que se posee de más luminoso en sí mismo para podérselo dar y llevarlo así a progresar en el camino de la luz.
No impidáis nunca a vuestro corazón de amar. Si teméis que se abuse de vuestro amor, guardarlo interiormente y que haga su camino sin mostrarse. Pero no lo matéis, sino sois vosotros quienes moriréis.

Aquellos que trabajan para hacer de su amor un intercambio sobre el plano del alma y del espíritu saborean cada día una nueva felicidad, puesto que no es un cuerpo, una envoltura que aman, sino su contenido, el principio espiritual salido de la fuente única e inagotable.

Para ser feliz y aportar la dicha a los demás, hay que llenar el corazón de amor. Llamad, pues, al amor con todas vuestras fuerzas, y no sólo seréis felices sino que la felicidad que daréis a los demás os volverá amplificada.
La alegría, la inspiración en nosotros, son comparables a la floración del árbol, y como la floración del árbol se manifiestan cuando se reúnen las condiciones, en primavera. Depende, pues, de nosotros, el crear en nuestra alma las condiciones de la primavera. Y cómo? Por el amor. Es el amor el que crea la primavera en el hombre.
El amor viene del cielo y regresa a él. No existen dos, tres o cuatro amores, siempre es el mismo amor, pero comprendido o vivido a niveles diferentes.

De dónde vendría el amor humano si no fuera Dios mismo su fuente?



omraam mikhaël aïvanhov



miércoles, 24 de febrero de 2010

todo



Todos los seres,
 todos los acontecimientos
 de tu vida,
están ahí 
porque tú los has convocado.
De ti depende
 lo que resuelvas hacer 
con ellos



martes, 23 de febrero de 2010

el oso de la luna creciente



Había una vez una muchacha que vivía en un perfumado pinar. Su marido se había pasado muchos años lejos, combatiendo en una guerra. Cuando finalmente lo licenciaron, regresó a casa de muy mal humor. Una vez allí se negó a entrar en la casa, pues se había acostumbrado a dormir sobre las piedras. Se mantenía aislado y se quedaba en el bosque día y noche.

Su joven esposa se emocionó mucho al enterarse de que él regresaría finalmente a casa. Guisó y compró montones de cosas y preparó platos y más platos y cuencos y más cuencos de sabrosa crema de soja blanca y tres clases de pescado y tres clases de algas y arroz espolvoreado con pimienta roja y unos estupendos camarones fríos, enormes y de color anaranjado.

Sonriendo tímidamente, llevó la comida al bosque, se arrodilló delante de su esposo agotado por la guerra y le ofreció los deliciosos platos que había preparado. Pero él se levantó de un salto y pegó un puntapié a las bandejas de tal forma que la crema de soja se derramó, el pescado saltó por los aires, las algas y el arroz cayeron sobre la tierra y los grandes camarones anaranjados rodaron por el camino.
-¡Déjame en paz! -le rugió el marido, volviéndose de espaldas a ella.

Se puso tan furioso que la esposa se asustó. La escena se repitió varias veces hasta que, al final, la joven esposa acudió desesperada a la cueva de las afueras de la aldea donde vivía la curandera.
-Mi marido ha sufrido graves heridas en la guerra -le dijo-. Está constantemente furioso y no come nada. Desea permanecer apartado y ya no quiere vivir conmigo como antes. ¿Puedes darme un brebaje que lo haga volver a quererme y ser cariñoso?
La curandera le aseguró:
-Sí puedo, pero necesito un ingrediente especial. Por desgracia, se me han acabado los pelos del oso de la luna creciente. Tendrás que subir a la montaña, buscar al oso negro y traerme un solo pelo del creciente lunar que tiene en la garganta. Entonces te podré dar lo que necesitas y la vida te volverá a sonreír.
Algunas mujeres se hubieran arredrado ante semejante empresa. Algunas mujeres lo hubieran considerado una empresa imposible. Pero ella no, pues era una mujer enamorada.
-¡Cuánto te lo agradezco! -exclamó-. Es bueno saber que se puede hacer algo.

Después entonó el "Arigato zaishö", que es una manera de saludar a la montaña y decirle "Gracias por dejarme subir sobre tu cuerpo". Subió a las estribaciones de la montaña donde había unas rocas que parecían enormes hogazas de pan. Subió a una meseta cubierta de árboles. Los árboles tenían unas ramas muy largas que parecían cortinas y unas hojas en forma de estrella.
-Arigato zaishö -cantó la esposa.
Era una manera de dar las gracias a los árboles por haber levantado su cabello para que ella pudiera pasar por debajo. De esta manera cruzó el bosque y reanudó el ascenso.
Ahora el camino era más duro. En la montaña había unas flores espinosas que le arañaban la orla del kimono y unas rocas que le rascaban las delicadas manos. Al anochecer, unos extraños pájaros negros se le acercaron volando y la asustaron. Sabía que eran muenbotoke, espíritus de muertos que no tenían familia. Entonces les cantó unas oraciones:
-Yo seré vuestra familia. Os ayudaré a encontrar el descanso. Y reanudó su camino, pues era una mujer que amaba. Subió hasta que vio nieve en la cumbre de la montaña. Pronto notó que se le mojaban y enfriaban los pies, pero ella subió cada vez más arriba, pues era una mujer que amaba. Se desencadenó una tormenta y la nieve le penetró en los ojos y en los oídos. Cegada, subió cada vez más arriba. Cuando dejó de nevar, la mujer entonó el "Arigato zaishö" para agradecerles a los vientos que hubieran dejado de soplar contra ella.
Buscó refugio en una cueva muy poco honda en la que apenas podía guarecerse. Aunque llevaba un buen fardo de comida, no comió nada. Se cubrió con unas hojas y se quedó dormida. A la mañana siguiente, el aire estaba en calma y aquí y allá se veían asomar a través de la nieve unas verdes plantitas. "Bueno -pensó-, ahora voy a buscar al oso de la luna creciente."

Se pasó todo el día buscando y al anochecer descubrió unas gruesas cuerdas de excrementos y ya no tuvo que seguir buscando, pues un gigantesco oso negro avanzó por la nieve, dejando a su espalda las profundas huellas de sus garras y sus plantas. El oso de la luna creciente soltó un temible rugido y entró en su cubil. La mujer introdujo la mano en su fardo y, tomando la comida que llevaba, la echó en un cuenco. Depositó el cuenco delante del cubil y corrió a ocultarse en su refugio. El oso aspiró el olor de la comida y salió pesadamente de su cubil, rugiendo con tal fuerza que hizo estremecer unas pequeñas rocas y éstas se desprendieron. El oso rodeó el cuenco desde lejos, olfateó varias veces el aire y después se zampó toda la comida de un solo trago. El gran oso se levantó sobre las patas traseras, olfateó nuevamente el aire y volvió a ocultarse en su cubil.
Al anochecer, la mujer hizo lo mismo, pero esta vez, en lugar de regresar a su refugio, retrocedió sólo hasta la mitad del camino. El oso aspiró el aroma de la comida, salió del cubil, rugió con una fuerza suficiente como para sacudir las estrellas del cielo, volvió a rodear en círculo el cuenco y olfateó el aire con sumo cuidado, pero finalmente se zampó la comida y regresó a su cubil. La escena se repitió muchas noches hasta que una noche profundamente azul la mujer tuvo el valor de detenerse a esperar un poco más cerca del cubil del oso.

Depositó la comida en el cuenco en el exterior del cubil y permaneció de pie delante de la entrada. Cuando el oso aspiró el olor del alimento y salió, vio no sólo la habitual ración de comida sino también un par de pequeños pies humanos. El oso ladeó la cabeza y soltó un rugido tan fuerte que a la mujer le vibraron los huesos.
La mujer estaba temblando, pero no cedió terreno. El oso se levantó sobre las patas traseras, abrió las fauces y rugió con tal fuerza que la mujer le pudo ver el velo rojo y marrón del paladar. Pero no huyó. El oso soltó otro rugido y alargó las patas como si quisiera agarrarla mientras sus diez uñas colgaban como largos cuchillos por encima de su cabeza. La mujer temblaba como una hoja agitada por el viento, pero se quedó donde estaba.
-Por favor, querido oso -le suplicó-, por favor, querido oso he recorrido todo este camino porque necesito una cura para mi marido.
El oso volvió a apoyar las patas delanteras en el suelo en medio de una rociada de nieve y contempló el rostro atemorizado de la mujer. Por un instante, la mujer tuvo la impresión de ver cadenas enteras de montañas, valles, ríos y aldeas reflejados en los gélidos ojos del oso. Se sintió invadida por una sensación de paz e inmediatamente cesaron sus temblores.
-Por favor, querido oso, te he estado dando de comer todas las noches. ¿Me podrías dar uno de los pelos de la luna creciente que tienes en la garganta?
El oso la miró. Aquella mujercita hubiera sido un bocado muy sabroso. Pero de pronto se compadeció de ella.
-Es verdad -dijo el oso de la luna creciente-, has sido buena conmigo. Puedes tomar uno de mis pelos. Pero tómalo rápido, después vete de aquí y regresa junto a los tuyos.
El oso levantó el enorme hocico para dejar el descubierto la blanca luna creciente de su garganta y la mujer vio en ella los fuertes latidos del corazón del oso. La mujer acercó una mano al cuello del oso y, con la otra, apresó un grueso y reluciente pelo blanco. Dio rápidamente un tirón. El oso se echó hacia atrás y soltó un grito como si lo hubieran herido. El dolor dio lugar a unos malhumorados resoplidos.
-Oh, gracias, oso de la luna creciente, muchas gracias.

La mujer hizo varias reverencias. Pero el oso soltó un gruñido y avanzó pesadamente hacia ella. Después le rugió a la mujer unas palabras que ella no entendió, pero que, a pesar de todo, conocía muy bien. Acto seguido dio media vuelta y corrió montaña abajo a la mayor velocidad que pudo. Corrió bajo los árboles cuyas hojas parecían estrellas. Y, entretanto, no paraba de repetir "Arigato zaishö", para dar las gracias a los árboles por haber levantado sus ramas para que ella pudiera pasar. Más adelante tropezó con las rocas que parecían hogazas de pan y gritó "Arigato zaishö" para dar las gracias a la montaña por haberle permitido subir sobre su cuerpo.
A pesar de que tenía la ropa hecha jirones y de que llevaba el cabello desgreñado y el rostro sucio, bajó corriendo por los peldaños de piedra que conducían a la aldea, recorrió el camino de tierra que la atravesaba y entró en la choza donde la anciana curandera permanecía sentada al amor de la lumbre.
-¡Mira, mira! ¡Ya lo tengo, lo he encontrado, se lo he pedido, un Pelo del oso de la luna creciente! -gritó.
-Ah, muy bien -dijo la curandera con una sonrisa. Estudió detenidamente a la joven, tomó el purísimo pelo blanco y lo acercó a la lumbre. Sopesó el pelo en su vieja mano, lo midió con un dedo y exclamó-: ¡Sí! Es un auténtico pelo del oso de la luna creciente.
De pronto se volvió y arrojó el pelo al fuego donde éste crujió y se consumió con una brillante llama anaranjada.
-¡No! -gritó la joven esposa-. ¿Qué has hecho?
-Tranquilízate. Es algo muy beneficioso. Todo va bien -dijo la curandera-. ¿Recuerdas cada uno de los pasos que diste para subir a la montaña? ¿Recuerdas todos los pasos que diste para ganarte la confianza del oso de la luna creciente? ¿Recuerdas lo que viste, lo que oíste, lo que sentiste?
-Sí -contestó la joven-, lo recuerdo muy bien.
La anciana curandera la miró con una dulce sonrisa y le dijo:
-Te ruego, hija mía, que regreses a casa con los nuevos conocimientos que has adquirido y obres de la misma manera con tu esposo.

lunes, 22 de febrero de 2010

uno



Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias.
Sabe que la lucha es cruel y es mucha,
pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina.
Uno va arrastrándose entre espinas,
y en su afán de dar su amor
sufre y se destroza, hasta entender
que uno se ha quedao sin corazón.
Precio de castigo que uno entrega
por un beso que no llega
o un amor que lo engañó;
vacío ya de amar y de llorar
tanta traición...
Si yo tuviera el corazón,
el corazón que di;
si yo pudiera, como ayer,
querer sin presentir...
Es posible que a tus ojos,
que hoy me gritan su cariño,
los cerrara con mis besos
sin pensar que eran como esos
otros ojos, los perversos,
los que hundieron mi vivir...
Si yo tuviera el corazón,
el mismo que perdí;
si olvidara a la que ayer
lo destrozó y pudiera amarte...
Me abrazaría a tu ilusión
para llorar tu amor...
Pero Dios te trajo a mi destino
sin pensar que ya es muy tarde
y no sabré cómo quererte.
Déjame que llore como aquél
que sufre en vida la tortura
de llorar su propia muerte.
Pura como sos, habrías salvado
mi esperanza con tu amor.
Uno está tan solo en su dolor...
Uno está tan ciego en su penar...
Pero un frío cruel, que es peor que el odio,
punto muerto de las almas,
tumba horrenda de mi amor,
maldijo para siempre y se robó
toda ilusión...



enrique santos discépolo, 1950