martes, 22 de diciembre de 2009

primera tarea: dejar morir a la madre demasiado buena



Al principio del cuento, la madre se está muriendo y cede a su hija un importante legado.
Las tareas psíquicas de esta fase de la vida de la mujer son las siguientes: Aceptar que la solícita madre psíquica perennemente vigilante y protectora no es adecuada como guía central de la propia vida instintiva futura (muere la madre demasiado buena). Emprender las tareas de actuar con autonomía y desarrollar la propia conciencia del peligro, la intriga y la política. Ponerse en guardia por sí misma y para sí misma. Dejar morir lo que tiene que morir. Cuando muere la madre demasiado buena, nace la nueva mujer.

En el cuento el proceso de iniciación empieza cuando la buena y querida madre se muere. Ya no está allí para acariciar el cabello de Vasalisa. En toda nuestra vida como hijas, llega un momento en que la buena madre de la psique -la que nos había sido útil anteriormente- se convierte en una madre demasiado buena que, en su exagerado afán de protegernos, empieza a impedirnos responder a los nuevos retos, obstaculizando con ello un desarrollo más profundo.
En el proceso natural de nuestra maduración, la madre demasiado buena tiene que adelgazar y menguar progresivamente hasta que nos veamos obligadas a cuidar de nosotras mismas de una manera distinta. Y, aunque siempre conservemos la esencia de su calor, esta transición psíquica natural nos deja solas en un mundo que no es maternal con nosotras. Pero un momento. Esta madre demasiado buena no es en absoluto lo que parece a primera vista. Debajo de la manta guarda una muñequita para su hija.
Y en esta figura hay algo de la Madre Salvaje. Pero la madre demasiado buena no puede vivir todo este proceso hasta el final, pues es la madre de los dientes de leche, la dulce madre que todos los niños necesitan para poder agarrarse al mundo psíquico del amor. Por consiguiente, aunque esta madre demasiado buena no pueda vivir ni seguir ejerciendo su influencia más allá de un punto determinado de la vida de una muchacha, muriendo le hace un bien a su hija. Bendice a Vasalisa con la muñeca y lo que hace es, tal como ya hemos visto, extremadamente beneficioso.
La detención del proceso de iniciación de una mujer puede producirse por distintas razones, por ejemplo, cuando ha habido demasiadas penalidades psicológicas en los comienzos de la propia vida, sobre todo si no ha habido una madre "suficientemente buena" en los primeros años. La iniciación también se puede estancar o quedar incompleta por no haber habido la suficiente tensión en la psique, pues la madre demasiado buena posee tanto vigor y resistencia como una mala hierba y sigue viviendo, echando hojas y protegiendo en exceso a su hija por más que el guión diga "Mutis". En esta situación, las mujeres suelen ser demasiado tímidas como para adentrarse en el bosque y se resisten todo lo que pueden.

Tanto para ellas como para otras mujeres adultas a quienes los rigores de la vida han apartado y separado de sus vidas profundamente intuitivas y cuya queja suele ser "Estoy harta de cuidar de mí misma", existe un excelente y sabio remedio. La reafirmación, la recuperación de la pista o la reiniciación permitirá restablecer la intuición profunda cualquiera que sea la edad de la mujer. Esta intuición profunda es la que sabe lo que nos conviene y lo que necesitamos y lo sabe con la rapidez de un relámpago, siempre y cuando nosotras queramos anotar lo que ella nos dicte.
La iniciación de Vasalisa empieza cuando ésta aprende a dejar morir lo que tiene que morir. Eso significa dejar morir los valores y las actitudes de la psique que ya no le son útiles. Hay que examinar con especial detenimiento aquellos férreos principios que hacen la vida demasiado cómoda, que protegen en exceso, que hacen que las mujeres caminen como si se escabulleran de algo en lugar de pisar con paso firme.
El período durante el cual disminuye la "madre positiva" de la infancia -y desaparecen también sus actitudes- es siempre un período de intenso aprendizaje. Aunque existe un período de nuestras vidas durante el cual nos mantenemos cerca de la protectora madre psíquica tal como debe ser (por ejemplo, en nuestra infancia o durante la recuperación de una enfermedad o de un trauma psicológico o espiritual o cuando nuestras vidas corren peligro y el hecho de estarnos quietas es nuestra salvación) y aunque conservemos grandes reservas de su ayuda para la vida futura, llega también el momento en que hay que cambiar de madre, por así decirlo 4.
Si permanecemos demasiado tiempo con la madre protectora en nuestra psique, no podremos enfrentarnos con los retos que se nos planteen y bloquearemos nuestro ulterior desarrollo. Con ello no quiero decir en modo alguno que una mujer se tenga que lanzar a situaciones ofensivas o dolorosas sino que tiene que fijarse en la vida un objetivo por el que esté dispuesta a correr riesgos. A través de este proceso se afilarán sus facultades intuitivas.

Entre los lobos, cuando una madre loba amamanta a sus lobeznos, tanto ella como sus crías pasan mucho tiempo holgazaneando. Todos se echan los unos encima de los otros en un gran revoltijo; el mundo exterior y el mundo de los desafíos quedan muy lejos. Sin embargo, cuando la madre loba enseña finalmente a sus lobeznos a cazar y a rodear, suele mostrarles los dientes, los mordisquea, les exige que espabilen y los empuja si no hacen lo que ella les pide.
Por consiguiente, es justo que, para que podamos proseguir nUestro desarrollo, cambiemos la solícita madre interior que nos era beneficiosa en nuestra infancia por otra clase de madre, una madre que habita en los más hondos desiertos psíquicos y es no sólo una escolta sino también una maestra, una madre afectuosa, pero también severa y exigente.
La mayoría de nosotras no deja que muera la madre demasiado buena cuando llega el momento. Aunque esta madre demasiado buena no permita que afloren a la superficie nuestras más desbordantes energías5 nos resulta tan cómodo y agradable estar con ella que, ¿para qué dejarla? A menudo oímos unas voces mentales que nos animan a conservarla y a mantenernos a salvo.
Estas voces dicen cosas tales como "Vamos, no digas eso", o "No puedes hacerlo" o "Está claro que no eres hija [amiga, compañera) mía si lo haces" o "Allí fuera hay muchos peligros" o "Quién sabe qué va a ser de ti si te empeñas en abandonar este cálido nido" o "Lo único que conseguirás será humillarte" o algo todavía más insidioso, "Haz como que corres riesgos, pero, en secreto, quédate aquí conmigo". Éstas son las voces de la asustada y un tanto irritada madre demasiado buena que anida en la psique. No lo puede remediar; es como es. Sin embargo, si permanecemos unidas demasiado tiempo a la madre demasiado buena, nuestra vida y nuestra capacidad de expresarnos se hundirán en las sombras y, en lugar de fortalecernos, nos debilitaremos.
Y algo todavía peor; ¿qué ocurre cuando alguien reprime una desbordante energía y no le permite vivir? Como una cazuela de gachas de avena en malas manos, aumenta, aumenta y aumenta de tamaño hasta que estalla y todo su delicioso contenido se derrama al suelo. Por consiguiente, hay que comprender que, para que la psique intuitiva se fortalezca, es necesario que la bondadosa y solícita protectora se retire. O quizá podríamos decir más propiamente que, al final, nos Sentimos obligadas a abandonar aquel cómodo y agradable tête-à-tête no porque nosotras lo hayamos planeado así y tampoco porque ya estemos completamente preparadas para ello -una nunca está completamente preparada-, sino porque algo nos espera en el lindero del bosque y nuestro destino es ir a su encuentro.
Guillaume Apollinaire escribió: "Los llevamos al borde del abismo y les ordenamos que volaran. Ellos no se movieron. "¡Volad!", les dijimos. Pero ellos no se movieron. Los empujamos hacia el abismo. Y entonces volaron."
Es frecuente que las mujeres teman dejar morir la vida demasiado cómoda y demasiado segura. A veces una mujer se ha recreado en la protección de la madre demasiado buena y desea seguir igual por tiempo indefinido. Pero seguramente está dispuesta a sentirse angustiada alguna vez, pues, de otro modo, se hubiera quedado en el nido.
A veces, una mujer teme quedarse sin seguridad o sin certidumbre aunque sólo sea por muy breve tiempo. Tiene más pretextos que pelos tienen los perros. Pero es necesario que se lance y se mantenga firme sin saber lo que ocurrirá a continuación. Sólo así podrá recuperar su naturaleza instintiva. Otras veces la mujer se siente atada por el hecho de ser la madre demasiado buena para otros adultos que se han agarrado a sus tetas y no están dispuestos a permitir que ella los abandone. En este caso, la mujer tiene que propinarles una patada con la pata trasera y seguir su camino.
Y puesto que, entre otras cosas, la psique soñadora compensa todo aquello que el ego no quiere o no puede reconocer, los sueños de una mujer durante esta lucha están llenos, en contrapartida, de persecuciones, callejones sin salida, coches que no se ponen en marcha, embarazos incompletos y otros símbolos que representan el estancamiento de la vida. En su fuero interno la mujer sabe que el hecho de ser demasiado dulce durante demasiado tiempo equivale a estar un poco muerta.
Por consiguiente, el primer paso consiste en desprendernos del resplandeciente arquetipo de la siempre dulce y demasiado buena madre de la psique. Así pues, dejamos la teta y aprendemos a cazar. Una madre salvaje está esperando para enseñarnos. Pero, entretanto, la segunda tarea consiste en conservar la muñeca en nuestro poder hasta que hayamos aprendido cuáles son sus aplicaciones.



clarissa pinkola estés

lunes, 21 de diciembre de 2009

vasalisa




Había una vez y no había una vez una joven madre que yacía en su lecho de muerte con el rostro tan pálido como las blancas rosas de cera de la sacristía de la cercana iglesia. Su hijita y su marido permanecían sentados a los pies de la vieja cama de madera, rezando para que Dios la condujera sana y salva al otro mundo.

La madre moribunda llamó a Vasalisa y la niña se arrodilló al lado de ella con sus botas rojas y su delantalito blanco.
-Toma esta muñeca, amor mío -dijo la madre en un susurro, sacando de la colcha de lana una muñequita que, como la propia Vasalisa, llevaba unas botas rojas, un delantal blanco, una falda negra y un chaleco bordado con hilos de colores.
-Presta atención a mis últimas palabras, querida -dijo la madre-. Si alguna vez te extraviaras o necesitaras ayuda, pregúntale a esta muñeca lo que tienes que hacer. Recibirás ayuda. Guarda siempre la muñeca. No le hables a nadie de ella. Dale de comer cuando esté hambrienta. Ésta es mi promesa de madre y mi bendición, querida hija.
Dicho lo cual, el aliento de la madre se hundió en las profundidades de su cuerpo donde recogió su alma y, cuando salió a través de sus labios, la madre murió.

La niña y su padre la lloraron durante mucho tiempo. Pero, como un campo cruelmente arado por la guerra, la vida del padre reverdeció una vez más en los surcos y éste se casó con una viuda que tenía dos hijas. Aunque la madrastra y sus hijas siempre hablaban con cortesía y sonreían como unas señoras, había en sus sonrisas una punta de sarcasmo que el padre de Vasalisa no percibía.
Sin embargo, cuando las tres mujeres se quedaban solas con Vasalisa, la atormentaban, la obligaban a servirlas y la enviaban a cortar leña para que se le estropeara la preciosa piel. La odiaban porque poseía una dulzura que no parecía de este mundo. Y porque era muy guapa. Sus pechos brincaban mientras que los suyos menguaban a causa de su maldad. Vasalisa era servicial y jamás se quejaba mientras que la madrastra y sus hermanastras se peleaban entre sí como las ratas entre los montones de basura por la noche.

Un día la madrastra y las hermanastras ya no pudieron aguantar por más tiempo a Vasalisa.
-Vamos... a... hacer que el fuego se apague y entonces enviaremos a Vasalisa al bosque para que vaya a ver a la bruja Baba Yagá y le suplique fuego para nuestro hogar. Y, cuando llegue al lugar donde está Baba Yagá, la vieja bruja la matará y se la comerá.
Todas batieron palmas y soltaron unos chillidos semejantes a los de los seres que habitan en las tinieblas.
Así pues aquella tarde, cuando regresó de recoger leña, Vasalisa vio que toda la casa estaba a oscuras. Se preocupó y le preguntó a su madrastra:
-¿Qué ha ocurrido? ¿Con qué guisaremos? ¿Qué haremos para iluminar la oscuridad?
-Qué estúpida eres -le contestó la madrastra-. Está claro que no tenemos fuego. Y yo no puedo salir al bosque porque soy vieja. Mis hijas tampoco pueden ir porque tienen miedo. Por consiguiente, tú eres la única que puede ir al bosque a ver a Baba Yagá y pedirle carbón para volver a encender la chimenea.
-Muy bien pues, así lo haré -dijo inocentemente Vasalisa.

Y se puso en camino. El bosque estaba cada vez más oscuro y las ramitas que crujían bajo sus pies la asustaban. Introdujo la mano en el profundo bolsillo de su delantal donde guardaba la muñeca que su madre moribunda le había entregado. Le dio unas palmadas a la muñeca que guardaba en el interior del bolsillo y se dijo:
-Es verdad, el simple hecho de tocar esta muñeca me tranquiliza.
A cada encrucijada del camino, Vasalisa introducía la mano en el bolsillo y consultaba con la muñeca.
-Dime, ¿tengo que ir a la derecha o a la izquierda?
La muñeca le contestaba, "Sí", "No", "Por aquí" o "Por allá". Vasalisa le dio a la muñeca un poco de pan que llevaba y siguió el camino que parecía indicarle la muñeca.

De repente, un hombre vestido de blanco pasó al galope por su lado montado en un caballo blanco e inmediatamente se hizo de día. Más adelante, pasó un hombre vestido de rojo montado en un caballo rojo y salió el sol. Vasalisa prosiguió su camino y, en el momento en que llegaba a la choza de Baba Yagá, pasó un jinete vestido de negro trotando a lomos de un caballo negro y entró en la cabaña de Baba Yagá. Enseguida se hizo de noche. La valla hecha con calaveras y huesos que rodeaba la choza empezó a brillar con un fuego interior, Iluminando todo el claro del bosque con su siniestra luz.

La tal Baba Yagá era una criatura espantosa. Viajaba no en un carruaje o un coche sino en una caldera en forma de almirez que volaba sola. Ella impulsaba el vehículo con un remo en forma de mano de almirez y se pasaba el rato barriendo las huellas que dejaba a su paso con una escoba hecha con el cabello de una persona muerta mucho tiempo atrás.
Y la caldera volaba por el cielo mientras el grasiento cabello de Baba Yagá revoloteaba a su espalda. Su larga barbilla curvada hacia arriba y su larga nariz curvada hacía abajo se juntaban en el centro. Tenía una minúscula perilla blanca y la piel cubierta de verrugas a causa de su trato con los sapos. Sus uñas orladas de negro eran muy gruesas, tenían caballetes como los tejados y estaban tan curvadas que no le permitían cerrar las manos en un puño.

La casa de Baba Yagá era todavía más extraña. Se levantaba sobre unas enormes y escamosas patas de gallina de color amarillo, caminaba sola y a veces daba vueltas y más vueltas como un bailarín extasiado. Los goznes de las puertas y las ventanas estaban hechos con dedos de manos y pies humanos y la cerradura de la puerta de entrada era un hocico de animal lleno de afilados dientes. Vasalisa consultó con su muñeca y le preguntó:
-¿Es ésta la casa que buscamos?
Y la muñeca le contestó a su manera:
-Sí, ésta es la casa que buscas.
Antes de que pudiera dar otro paso, Baba Yagá bajó con su caldera y le preguntó a gritos:
-¿Qué quieres?
La niña se puso a temblar.
-Abuela, vengo por fuego. En mi casa hace mucho frío... mi familia morirá... necesito fuego.
Baba Yagá le replicó:
-Ah, sí, ya te conozco y conozco a tu familia. Eres una niña muy negligente... has dejado que se apagara el fuego. Y eso es una imprudencia. Y, además, ¿qué te hace pensar que yo te daré la llama?
Vasalisa consultó con la muñeca y se apresuró a contestar:
-Porque yo te lo pido.
Baba Yagá ronroneó.
-Tienes mucha suerte porque ésta es la respuesta correcta.
Y Vasalisa pensó que había tenido mucha suerte porque había dado la respuesta correcta.
Baba Yagá la amenazó:
-No te puedo dar el fuego hasta que hayas trabajado para mí. Si me haces estos trabajos, tendrás el fuego. De lo contrario... -Aquí Vasalisa vio que los ojos de Baba Yagá se convertían de repente en unas rojas brasas-. De lo contrario, hija mía, morirás.
Baba Yagá entró ruidosamente en su choza, se tendió en la cama y ordenó a Vasalisa que le trajera lo que se estaba cociendo en el horno. En el horno había comida suficiente para diez personas y la Yagá se la comió toda, dejando tan sólo un pequeño cuscurro y un dedal de sopa para Vasalisa.
-Lávame la ropa, barre el patio, limpia la casa, prepárame la comida, separa el maíz aflublado del maíz bueno y cuida de que todo esté en orden. Regresaré más tarde para inspeccionar tu trabajo. Si no está listo, tú serás mi festín.
Dicho lo cual, Baba Yagá se alejó volando en su caldera, usando la nariz a modo de cataviento y el cabello a modo de vela. Y cayó de nuevo la noche.
Vasalisa recurrió a su muñeca en cuanto la Yagá se hubo ido.
-¿Qué voy a hacer? ¿Podré cumplir todas estas tareas a tiempo?
La muñeca le aseguró que sí y le dijo que comiera un poco y se fuera a dormir. Vasalisa le dio también un poco de comida a la muñeca y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, la muñeca había hecho todo el trabajo y lo único que quedaba por hacer era cocinar la comida. La Yagá regresó por la noche y vio que todo estaba hecho. Satisfecha en cierto modo aunque no del todo porque no podía encontrar ningún fallo, Baba Yagá dijo en tono despectivo:
-Eres una niña muy afortunada.
Después llamó a sus fieles sirvientes para que molieran el maíz e inmediatamente aparecieron tres pares de manos en el aire y empezaron a raspar y triturar el maíz. La paja voló por la casa como una nieve dorada. Al final, se terminó la tarea y Baba Yagá se sentó a comer. Se pasó varias horas comiendo y por la mañana le volvió a ordenar a Vasalisa que limpiara la casa, barriera el patio y lavara la ropa.
Después le mostró un gran montón de tierra que había en el patio.
-En este montón de tierra hay muchas semillas de adormidera, millones de semillas de adormidera. Quiero que por la mañana haya un montón de semillas de adormidera y un montón de tierra separados. ¿Me has entendido?
Vasalisa estuvo casi a punto de desmayarse.
-¿Cómo voy a poder hacerlo?
Introdujo la mano en el bolsillo y la muñeca le contestó en un susurro:
-No te preocupes, yo me encargaré de eso.
Aquella noche Baba Yagá empezó a roncar y se quedó dormida y entonces Vasalisa intentó separar las semillas de adormidera de la tierra. Al cabo de un rato la muñeca le dijo:
-Vete a dormir. Todo irá bien.
Una vez más la muñeca desempeñó todas las tareas y, cuando la vieja regresó a casa, todo estaba hecho. Baba Yagá habló en tono sarcástico con su voz nasal:
-¡Vaya! Qué suerte has tenido de poder hacer todas estas cosas.
Llamó a sus fieles sirvientes y les ordenó que extrajeran aceite de las semillas de adormidera e inmediatamente aparecieron tres pares de manos y lo hicieron.
Mientras la Yagá se manchaba los labios con la grasa del estofado, Vasalisa permaneció de pie en silencio.
-¿Qué miras? -le espetó Baba Yagá.
-¿Te puedo hacer unas preguntas, abuela? -dijo Vasalisa.
-Pregunta -replicó la Yagá-, pero recuerda que un exceso de conocimientos puede hacer envejecer prematuramente a una persona.
Vasalisa le preguntó quién era el hombre blanco del caballo blanco.
-Ah -contestó la Yagá con afecto-, el primero es mi Día.
-¿Y el hombre rojo del caballo rojo?
-Ah, ése es mi Sol Naciente.
-¿Y el hombre negro del caballo negro?
-Ah, sí, el tercero es mi Noche.
-Comprendo -dijo Vasalisa.
-Vamos niña, ¿no quieres hacerme más preguntas? --dijo la Yagá en tono zalamero.
Vasalisa estaba a punto de preguntarle qué eran los pares de manos que aparecían y desaparecían, pero la muñeca empezó a saltar arriba y abajo en su bolsillo y entonces dijo en su lugar:
-No, abuela. Tal como tú misma has dicho, el saber demasiado puede hacer envejecer prematuramente a una persona.
-Ah -dijo la Yagá, ladeando la cabeza como un pájaro-, tienes una sabiduría impropia de tus años, hija mía. ¿Y cómo es posible que seas así?
-Gracias a la bendición de mi madre -contestó Vasalisa sonriendo.
-¡¿La bendición?! -chilló Baba Yagá-. ¡¿La bendición has dicho?! En esta casa no necesitamos bendiciones. Será mejor que te vayas, hija mía -dijo empujando a Vasalisa hacia la puerta y sacándola a la oscuridad de la noche-. Mira, hija mía. ¡Toma! -Baba Yagá tornó una de las calaveras de ardientes ojos que formaban la valla de su choza y la colocó en lo alto de un palo-. ¡Toma! Llévate a casa esta calavera con el palo. Eso es el fuego. No digas ni una sola palabra más. Vete de aquí.

Vasalisa iba a darle las gracias a la Yagá, pero la muñequita de su bolsillo empezó a saltar arriba y abajo y entonces Vasalisa comprendió que tenía que tomar el fuego y emprender su camino. Corrió a casa a través del oscuro bosque, siguiendo las curvas y las revueltas del camino que le iba indicando la muñeca. Vasalisa salió del bosque, llevando la calavera que arrojaba fuego a través de los orificios de las orejas, los ojos, la nariz y la boca. De repente, se asustó de su peso y de su siniestra luz y estuvo a punto de arrojarla lejos de sí. Pero la calavera le habló y le dijo que se tranquilizara y siguiera adelante hasta llegar a la casa de su madrastra y sus hermanastras. Y ella así lo hizo.
Mientras Vasalisa se iba acercando a la casa, la madrastra y las hermanastras miraron por la ventana y vieron un extraño resplandor danzando en el bosque. El resplandor estaba cada vez más cerca y ellas no acertaban a imaginar qué podía ser. La prolongada ausencia de Vasalisa las había inducido a pensar que ésta había muerto y que las alimañas se habían llevado sus huesos y en buena hora.
Vasalisa ya estaba muy cerca de su casa. Cuando la madrastra y las hermanastras vieron que era ella, corrieron a su encuentro, diciéndole que llevaban sin fuego desde que ella se había ido y que, a pesar de que habían intentado repetidamente encender otro, éste siempre se les apagaba.
Vasalisa entró triunfalmente en la casa, pues había sobrevivido al peligroso viaje y había traído el fuego a su hogar. Pero la calavera que estaba contemplando todos los movimientos de las hermanastras y de la madrastra desde lo alto del palo las abrasó y, a la mañana siguiente, el malvado trío se había convertido en unas pavesas.


clarissa pinkola estés

domingo, 20 de diciembre de 2009

un auxilio inocente




Para parecer formal basta con callarse. Pero cuando se tienen 16 años, la más mínima charla es un apareamiento verbal y uno se muere de ganas de hablar.
No recuerdo su nombre. Creo que respondía al apellido de Rouland. No hablaba nunca, pero no se callaba de cualquier manera. hay quien permanece en silencio para esconderse, quien baja la cabeza y esquiva las miradas para aislarse de los demás. Él por su actitud de bello melancólico, traslucía lo siguiente: "Os observo, me interesáis, pero me callo para no descubrirme".

Rouland me cautivaba porque corría con rapidez. Era importante para el equipo de rugby de infantiles del instituto Jacques-Decour. Era frecuente que dominásemos por nuestra fuerza física, pero nos ganaban porque nos faltaba un extremo rápido. Por eso me hice amigo suyo. En nuestras conversaciones yo era quien debía ocuparme de todo: de las preguntas, de las respuestas, de las iniciativas y de las decisiones relacionadas con el entrenamiento. Un día, tras un largo silencio, me dijo de pronto: " Mi madre te invita a merendar".
En lo alto de la calle Victor-Massé, cerca de Pigalle, hay un callejón sin salida, donde se vive como en un pueblo. Tiene grandes adoquines, puestos de frutas y de verduras y un charcutero. En el segundo piso hay un apartamento pequeño y agradable. Allí estábamos: Rouland, en silencio sobre un canapé, y yo atiborrado de bombones, de pasteles, frutas confitadas servidas en platitos dorados. ¿Me esforzaba demasiado en dar la impresión de no comprender cómo se ganaba la vida su madre en la calle Victor-Massé o en los cafés de Pigalle?

Cincuenta años más tarde, hace unos meses, recibo una llamada de telefónica. "Rouland al teléfono. Estoy de paso cerca de tu casa, ¿quieres que nos veamos un par de minutos?" Era delgado, elegante, bastante atractivo y hablaba notablemente más: "Estudié en la Escuela de Comercio, es algo que nunca me ha interesado demasiado, pero prefería la compañía de los libros a la de unos compañeros que me aburrían y de unas chicas que me asustaban. Quería decirte que tú cambiaste mi vida."
Yo pensé: " ¡Vaya!"
Y él añadió: "Te agradezco que hicieras como que no comprendías que mi madre trabajaba en esa profesión." No se atrevió a pronunciar la palabra. "Era la primera vez que veía que alguien se mostraba atento con ella...Durante años reviví las imágenes de aquella escena, te volvía a ver haciéndote el ingenuo, con una amabilidad algo excesiva; pero era la primera vez que alguien respetaba a mi madre. Ese día recuperé la esperanza. Quería decírtelo."
A pesar de sus progresos, Rouland seguía siendo aburrido. No nos hemos vuelto a ver, pero este reencuentro me planteó una pregunta. En mi mundo, lo que me proponía era simplemente reclutarlo para el equipo de rugby como extremo de la línea de tres cuartos. No tenía ningún motivo para despreciar a aquella amable señora que vestía de forma extraña. Pero en su mundo, esta historia había provocado una feliz transformación. Rouland descubría que podía dejar de sentir vergüenza. Al verse observado por una tercera persona, el tormento que le causaba la profesión de su madre dejaba aflorar un apaciguamiento.
El trabajo psicológico estaba aún por hacer, pero él empezaba a creer que podía realizarlo, porque acababa de comprender que es posible modificar un sentimiento. Mi mala comedia había puesto en escena un significado importante para él. Mi incómoda amabilidad le había dado un poco de esperanza.
El sentido que atribuíamos a un mismo escenario de comportamiento era diferente en nuestros respectivos casos. No era en el acto donde había que buscar la diferencia, sino en nuestras historias privadas: pequeña intriga para mí, conmoción afectiva para él. Cincuenta años más tarde, me enteraba asombrado de que había actuado como tutor de resiliencia para Rouland.
Creyó en la luz porque estaba en la oscuridad. Yo, que vivía a plena luz, no había sabido ver nada. Yo percibía una realidad que para mí no tenía demasiado sentido: una señora me ofrecía demasiados bombones, se estaba bien en su agradable piso, me preguntaba cómo lograba respirar con su faja, apretada para abombar sus senos. Prisionero del presente, yo me hallaba fascinado, mientras que Rouland, por su parte, vivía un instante fundacional.



el amor que nos cura, boris cyrulnik

sábado, 19 de diciembre de 2009

he ahí su belleza: existe en contra de todas esas adversidades



Toda tu vida se ha tornado artificial como las flores artificiales. Desde lejos se ven bien, pero al mirarlas de cerca son plásticas. Claro está que duran más tiempo. No pueden morir porque son de plástico. Pero algo que no puede morir, tampoco alberga vida.


Una flor verdadera tiene que sortear millones de obstáculos. Cuán humilde es una flor verdadera... ¡cuán frágil! Aparece en la mañana para enfrentar el mundo sola en toda su fragilidad. Debe enfrentar las tormentas, las nubes, la lluvia, los animales, los niños. He ahí su belleza: existe en contra de todas esas adversidades. Y al caer la noche, desaparece. Es imposible encontrarla nuevamente porque ya no está. Pero tuvo vida. En la mañana, brota en todo su esplendor y en la noche, se ha ido, se ha desvanecido, ha vuelto a la tierra. Pero vivió. Sus flores plásticas están muertas y por eso no pueden morir. Todo lo que vive morirá; sólo las cosas muertas no mueren nunca...
Recuerda esto: las cosas muertas nunca mueren y por eso ofrecen seguridad. Siempre existe la posibilidad de que un ser vivo desaparezca en cualquier momento y en eso radica el problema de la vida; pero vive y vale la pena arriesgarse por esa vida.

osho

viernes, 18 de diciembre de 2009

yo soy el ángel de la presencia mágica



Mi aura de luz celestial ilumina el espacio y hoy llego a tu vida para bendecirte con mi dulce visión. Ven… ven a mi fulgor divino.
Cierra tus ojos y abre los sentidos de tu alma… absorbe mi esencia… capta mi magnificencia.
Yo vivo en tu corazón y me proyecto en todos los planos donde vibra el esplendor del amor.
A medida que despiertes a los susurros celestiales podrás ver el oro que forma mi aura angelical. Verás mis rayos divinos… el sol dentro del cual estoy yo.
Pero esto lo percibirás sólo cuando te acerques al umbral del amor.
Sumérgete en mi luz… escucha mis notas… mi sonido… mi armonía… y percibe felicidad, dicha, alegría… Es lo que dejaré hoy en tu vida y quiero que lo mantengas con fervor.
Así tendrás para compartir y reunirás cada vez una cantidad mayor.
Ahora… ven… no te separes nunca de mí. Yo soy parte de ti.
Te amo profundamente y hoy te he preparado un día de mágico esplendor…


lucy aspra

jueves, 17 de diciembre de 2009

para ponerte en contacto con tu yo inmaterial



Para ponerte en contacto con tu yo inmaterial, apártate del mundo físico durante un breve periodo de tiempo.
Si te es posible, practica la inmersión en un depósito de privación sensorial, en el que perderás todo contacto con tus sentidos y experimentarás sólo la nada de tu mente. Si no tienes acceso a una instalación semejante en tu lugar de residencia, entonces, tranquilamente, dentro de tu mente, libérate de cada uno de tus sentidos en este ejercicio. Sin tacto, sin gusto, sin oído, sin vista, sin olfato. Cuando te hayas liberado de estos sentidos (como ocurre todas las noches al dormir), observa lo que le ocurre a tu cuerpo. Cuanto más te sea posible librarte de tu dependencia del cuerpo a través de tu mente omnisciente y todopoderosa, menos utilizarás tu
estado físico como medio de evaluar tu vida. Se llama a esto entrar en contacto con el auténtico yo, el yo invisible, y constituye la clave para convertirse en un ser espiritual.
Para concentrarte en el propósito y no en los resultados, haz que tu mente, tu cuerpo y tu alma se hallen unidos en el propósito en el momento de tu actividad. Seis millones de personas juegan al tenis todos los días en Norteamérica. Tres millones de ellas no ganan. ¿Significa esto que hay todos los días tres millones de perdedores? En todas tus actividades, detente un instante y pregúntate: «¿Por qué hago esto, en realidad?».
Verás que el resultado (ganar, la recompensa) es tan fugaz como los momentos en que participas en esa actividad. Atente al propósito en todas tus actividades en lugar de concentrarte en la recompensa final. Las ganancias o las pérdidas llegarán de todos modos, pero verás que viajas con el piloto automático puesto.
Aunque por un rato estés parado, acabarás accediendo automáticamente a un nivel superior. Deslígate del resultado de tus acciones y, paradójicamente, tu nivel de rendimiento aumentará.
Para librarte de la preocupación por cosas insignificantes, replantéate tu actitud en relación con las posesiones. Haz un inventarlo de cuanto posees. ¿Hay en ese inventario algo por lo que estarías dispuesto a morir? Piensa ahora en tus valores, en tus ideales y en tus seres queridos y hazte la misma pregunta. Tú sabes cuáles son tus prioridades, todas ellas relacionadas con lo que piensas y crees, y no con lo que posees.
Deslígate de esas posesiones y da un propósito a tu vida, lo cual equivale a hacer que los pensamientos y acciones diarios de tu vida vayan encaminados hacia aquello que te importa de verdad. Estás aquí por un
motivo, que no es el de acumular un montón de cosas materiales. Viniste aquí sin esas cosas y pronto te irás sin ninguna de ellas. Lo que perdurará es el modo en que hayas servido a tus ideales y a aquellos con quienes has entrado en contacto. Sé fiel a ese propósito y verás cómo, automáticamente, empiezas a dar un enfoque espiritual a tu vida.
Para conducirte en un plano espiritual, empieza por vivir de día en día haciendo hincapié en la ética y no en las normas. Haz un inventario de todas las normas que con tanto fervor sigues. En lugar de intentar conducirte de acuerdo con las normas de otro, procura tener un «día ético» para ti. Basa toda tu conducta -incluidos la comida, el vestido, el trabajo, la vida hogareña y todo lo que hagas ese día- en la ética y no en las normas.
Pregúntate qué es lo que debes hacer desde un punto de vista moral y afectivo, teniendo en cuenta tu propósito y no qué dicen las normas. De este modo, tu conciencia se alejará de los resultados y se encaminará hacia el propósito. Ten en cuenta que algunas de las conductas humanas más despreciables han tenido lugar en nombre de esta idea: «Sólo sigo las leyes». Las leyes decían que los negros debían sentarse en la parte trasera del autobús, las leyes decían que las mujeres no podían votar y las leyes decían que estaba bien poseer una metralleta. La gente que vive de acuerdo con una ética se ha apartado de esas normas arcaicas
que sólo crean víctimas.
Tú debes hacer lo mismo.
Por un día. Deja a un lado las normas y vive éticamente, digan lo que digan estas normas.
Para estar más en paz contigo mismo y con el mundo, tómate un rato de tranquilidad y soledad al día durante una semana. Esto es de una importancia extrema, y probablemente te resulte difícil. Yo te animo a que te hagas este maravilloso regalo al mismo tiempo que te regalas un billete para la realidad mágica. El mejor momento es a primeras horas de la mañana, después de una rápida ducha y antes que los demás se levanten.
Tómate media hora de soledad, entra plácidamente en tu interior y tranquiliza tu mente. Siéntate en una postura cómoda, cierra los ojos y concéntrate en vaciar tu mente y cobrar una intensa conciencia de tu respiración. Pronto observarás que te embarga la paz y, aun cuando no consigas nada más, comprobarás que ello te ayuda enormemente a reducir el estrés y la tensión de tus días. Si sigues este y algunos de los consejos de los que hablaré en el siguiente capítulo, te garantizo absolutamente, sin lugar a dudas, que descubrirás una parte de ti mismo que te proporcionará toda la amorosa guía que puedas necesitar en cualquier área de tu vida.
Más que ninguna otra cosa, la meditación romperá la ilusión de separación.
Para favorecer tu intuición y cultivarla al mismo tiempo, trata esos acicates interiores que surgen en tu mente como invitados bien recibidos en lugar de decir que no son nada más que corazonadas fortuitas. Intenta hacer una pausa durante el próximo episodio intuitivo, trate éste de lo que trate, y toma nota mentalmente de lo que está ocurriendo. Ahora en lugar de despreciarla o hacerla a un lado, pregunta a esa parte intuitiva de tu ser:
«¿Por qué me empuja mi mente en esa dirección?». Desarrolla un diálogo con esa voz intuitiva y toma nota de lo que de resultas de él aprendes, o de lo que ocurre en los siguientes días. Aprendiendo a tener diálogos interiores aprenderás a confiar en tu intuición y, en última instancia, a descubrir su amorosa presencia y la valiosa contribución que hace a tu mente.
Analiza esta antigua historia:
Dos monjes estaban discutiendo acerca del estandarte del templo. Uno decía que el estandarte se movía y el otro decía que se movía el viento. El maestro Eno... oyó la conversación y dijo: «No es ni el viento ni el estandarte, es vuestra mente la que se mueve».
Los monjes se quedaron sin habla.


wayne dyer

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La resecación y la lisiadura



Casi todas las depresiones, los tedios y las erráticas confusiones de una persona se deben a una vida del alma fuertemente limitada en la que la innovación, los impulsos y la creación están restringidos o prohibidos. La fuerza creativa confiere a las personas un enorme impulso que las induce a actuar. No podemos pasar por alto la existencia de los numerosos robos e incapacitaciones del talento de las personas que se producen por medio de las restricciones y los castigos que la cultura impone a sus instintos naturales y salvajes.
Podemos escapar de esta situación siempre y cuando haya un río subterráneo o incluso un pequeño arroyo procedente de algún lugar del alma que vierta sus aguas en nuestra vida. Sin embargo, si alguien que se encuentra "lejos de casa" cede todo el poder, se convertirá primero en una niebla, después en un vapor y finalmente en una simple brizna de su antiguo yo salvaje.
Todo este robo y ocultamiento del pellejo natural de las personas y la consiguiente resecación y lisiadura de ésta me recuerdan un viejo cuento que circulaba entre los distintos sastres rurales de nuestra familia. Mi difunto tío Vilmos lo contó una vez para calmar y dar una lección a un enfurecido adulto de nuestra extensa familia que estaba tratando con excesiva severidad a un niño. Tío Vilmos tenía una paciencia y una ternura infinitas con las personas y los animales. Poseía el don natural de contar cuentos según la tradición mesemondók y era muy hábil en la aplicación de cuentos a modo de suave medicina.


Un hombre fue a casa del sastre Szabó y se probó un traje. Mientras permanecía de pie delante del espejo se dio cuenta de que la parte inferior del chaleco era un poco desigual.
-Bueno, no se preocupe por eso -le dijo el sastre-. sujete el extremo más corto con la mano izquierda y nadie se dará cuenta.
Mientras así lo hacía, el cliente se dio cuenta de que la solapa de la chaqueta se curvaba en lugar de estar plana.
-Ah, ¿eso? -dijo el sastre-. Eso no es nada. Doble un poco la cabeza y alísela con la barbilla.
El cliente así lo hizo y entonces vio que la costura interior de los pantalones era un poco corta y notó que la entrepierna le apretaba demasiado.
-Ah, no se preocupe por eso -dijo el sastre-. Tire de la costura hacia abajo con la mano derecha y todo le caerá perfecto.
El cliente accedió a hacerlo y se compró el traje. Al día siguiente se puso el nuevo traje, "modificándolo" con la ayuda de la mano y la barbilla. Mientras cruzaba el parque aplanándose la solapa con la barbilla, tirando con una mano del chaleco y sujetándose la entrepierna con la otra, dos ancianos que estaban jugando a las damas interrumpieron la partida al verle pasar renqueando por delante de ellos.
-¡M’Isten, Oh, Dios mío! -exclamó el primer hombre-. ¡Fíjate en este pobre tullido!
El segundo hombre reflexionó un instante y después dijo en un susurro:
-Igen, sí, lástima que esté tan lisiado, pero lo que yo quisiera saber... es de dónde habrá sacado un traje tan bonito.



clarissa pinkola estés